13/07/08

CALDERUELA


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Calderuela (Soria)
La palabra "calderuela" tiene un significado no muy conocido, una calderuela, es la parte de abajo de un horno de cal.
En el caso de Calderuela podemos pensar que el nombre viene del sufijo latín -OLUS (-uela) que puede emplearse como diminutivo de un lugar, la razón de tal nombre al lugar podría ser porque el agua de algunos antiguos pozos en Calderuela contiene mucha cal, de lo que se deduce que parte del subsuelo es piedra caliza y de ahí el nombre...


Calderuela está a una distancia real de Soria, de 22 km, su altitud es de 1115 metros.
(Al lado se encuentra Nieva de Calderuela, a 1146 metros de altitud)

A la caída del Antiguo Régimen (siglo XIX) la localidad se constituye en municipio constitucional, conocido entonces como Calderuela y Nieva, en la región de Castilla la Vieja, partido de Soria que en el censo de 1842 contaba con 34 hogares y 134 vecinos.

A mediados del siglo XIX crece el término del municipio porque incorpora a Omeñaca.

A finales del siglo XX este municipio desaparece porque se integra en el municipio Arancón


Situada al pie de la sierra del Almuerzo por su vertiente sureste, actualmente pertenece al municipio de Arancón, y cuenta con 16 vecinos censados.

La agricultura se dedica fundamentalmente al cereal, la ganadería casi ha desaparecido, pero siempre hubo rebaños de ovejas en sus pastos.
Tiene bosque de carrasca y roble, aparte del clásico tomillo, abrótano, retama... etc, la fauna es variada, es zona de caza y no es raro ver desde el mismo pueblo, ciervos, corzos...


En Calderuela está la iglesia de la Asunción, reabilitada hace tres siglos, entre Calderuela y Nieva había una hermita dedicada a María Magdalena.

En el Museo Numantino de Soria, hay expuesto un miliario encontrado en Calderuela, aparte de un Ara dedicada a Marte (Dios romano), según la mayoría de hipótesis fue dedicada por un indígena. (Se encuentra también en dependencias del museo Numantino de Soria,aunque no expuesta) En este mismo blog pueden encontrar más información sobre estas piedras.



En cuanto a literatura, existe un texto de mediados del siglo XIX, escrito por Manuel Ibo Alfaro, donde describe fielmente por medio de una novela, las costumbres y vestuario de la época, al final de este blog la pueden leer, se titula: La Vírgen de la Pradera.

La fiesta se celebra el 12 de octubre, día de la Virgen del Pilar.
Los lugareños aseguran que antes se celebraban más fiestas... bendición de campos... etc
Pero fueron quedandose en nada debido a la despoblación, aunque parece ser que el pueblo está en pleno desarrollo, pues se van abriendo y restaurando cada vez más casas.
Cabe destacar de unos años a esta parte, la ruta Numantóbriga que desarrolla la "Asociaciación de amigos de Muro", que pasan una noche de verano en el pueblo, pues Calderuela está a medio camino entre Numancia y Agustóbriga, y suelen hacer una marcha que dura dos días. Para más información pueden pinchar o copiar el siguiente enlace:

http://www.augustobriga.es/index.php

Texto de Eduardo Saavedra.





Texto sobre Calderuela según Saavedra, recogido en la web de Isabel Goig. http://soria-goig.com/

Calderuela según Saavedra : "En el inmediato pueblo de Calderuela, a cuya entrada hay una fuentecita, sirve de asiento en el atrio de la iglesia un tronco de columna de 61 cm. de diámetro y 53 de altura, que contiene la inscripción número VIII. Para suplir lo poco, aunque no falto de importancia que se ha destruido, es menester admitir que esta piedra fue arrancada de las inmediaciones, y atendiendo a que en el pasado siglo aún se conservaba noticia de haberse llevado del costado del camino de Cortos, se puede proponer la siguiente restitución: "El Emperador César Nerva Trajano Augusto, Germánico, Pontífice máximo, con la potestad tribunicia, Padre de la patria, Cónsul tercera vez, lo hizo. Desde Augustóbriga, XVII millas". En el mismo atrio hay otros dos hitos o columnas monolitas, tendidas a lo largo de la pared y sin inscripción. Otros asientos se ven que son sepulcros de piedra labrados de una sola pieza, de dos metros de largo y rectangulares, cuya tapa formaba albardilla según manifiestan los trozon esparcidos alrededor: estos y los que sirven de abrevadero fuera del pueblo y en algunos inmediatos, se encontraron enterrados delante de la iglesia y a profundidad considerable cuando reformaron el cementerio continuo".
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MILIARIO EN EL MUSEO


Imagen prestada por la Junta de Castilla y León.
Museo Numantino de Soria.
Prohibida su reproducción.


La fotografía es del fragmento de miliario encontrado en Calderuela, se encuentra expuesto en el Museo Numantino de Soria.
Los miliarios romanos podría decirse que fueron las primeras señales de tráfico que existieron, al menos eran señales informativas del punto “kilométrico” de la vía, y del “gobierno” de esos momentos...
El miliario de Calderuela informaba sobre la calzada romana, vía Uxama-Agustóbriga, es posible que el tramo de calzada se hiciera bajo el mandato de quien representa el miliario.
Existen muchos miliarios en la zona y datan de los primeros siglos de nuestra era, hasta la caída del imperio romano.
Los datos “técnicos” del miliario de Calderuela son los siguientes:

Calderuela
J. Lostal Pros, MPT, 1992, 77-75, nº 71, figs. 40-41a, lám. XXXVII (CIL II 4893; ERPS 142). Nueva restitución del numeral del consulado de este miliario de Trajano.
Imp(erator) · Caesar Nerva / Traianus · Aug(ustus) · Ger(manicus) /3pont(ifex) · max(imus) tri(unicia) / pot(estate) · p(ater) · p(atriae) · co(n)s(ul) [II] / a [ugustob(riga)] /6[m(ilia) p(assuum) - - -]
Por el consulado se fecha entre los años 98-99 d.C.


Y esta es su traducción:
"El Emperador César Nerva Trajano Augusto, Germánico, Pontífice máximo, con la potestad tribunicia, Padre de la patria, Cónsul tercera vez, lo hizo. Desde Augustóbriga, XVII millas"

Lavadero, fuente vieja.


El agua del lavadero llega de un manantial que nace en el paraje llamado de "la fuente vieja", situado bajo los chopos de la imagen.
Uno de los varios lugares donde se abastecían de agua los antiguos habitantes, probablemente celtas, aunque existen evidencias de pueblos más antiguos, época del calcolítico.
A la derecha el monte del Cencejo, donde se cruzan la calzada romana y la cañada real.

Espadaña de la iglesia.

La espadaña al oeste.

Iglesia y cementerio de Calderuela.




Entrada a la iglesia y cementerio, donde encontraron a una profundidad considerable los sepulcros de piedra que luego se utilizaron en el pueblo y en algunos de alrededor como abrevadero. (Según Saavedra)

Iglesia Sur.



En esta imagen vemos el resto de la cara Sur (puerta) se aprecia lo sencillo de la construcción, también se aprecian unas inscripciones en el dintel de la ventana.

Traducción:
AÑO 1753 SE HIZO SIENDO CURA DON ¿BERDO? CALONGE

Miliario romano.


"El canto hincao" como siempre se le ha llamado, es el miliario que señalaba la distancia en la calzada romana que está en las inmediaciones.
Es la vía Uxama-Agustóbriga.

Estela en la fuente.


Estela funeraria romana , recogida en las inmediaciones de "la majada de la Magdalena".

Detalle estela funeraria.


La inscripción hace mención a un liberto.

Cruz Celta. Nieva y Calderuela



Piedras con grabado de Cruz Celta, una en Nieva y otra en Calderuela .

Piedra embutida.


Calderuela se construyó, o mejor dicho, reconstruyó, hace unos trescientos años, hay varias piedras labradas de mil setecientos y pico... Lo que es seguro, es que utilizaron piedras de anteriores construcciones, como por ejemplo la piedra de la imágen, según algún entendido es medieval, aunque actualmente hacen joyas con ese diseño y se suponen joyas celtíberas... La piedra, da la impresión de haber estado verticalmente (hincada) en otro tiempo.

Mapa 1270


Imagen de un antiguo mapa (archivo Carrascosa) donde ya figura Calderuela como aldea.
Es curioso, parece que Aldealpozo, por decir un pueblo cercano, antes se llamaba Canales.

Cerro de Calderuela, o de la Magdalena.



La mención del "Castro del cerro Calderuela" viene recogida en varios textos con una interrogación y entre paréntesis Renieblas, por ejemplo al final de este documento que he podido encontrar en Internet



Ubicación y Listado de algunos castros del norte soriano:
Entre los castros que comienzan ahora su andadura, a la espera de confirmar cronologías y añadir nuevos descubrimientos, podemos ofrecer algunos ejemplos:
Castillo de las Espinillas (Valdeavellano de Tera), El Castillo (El Royo), El Castillejo (Langosto), El Castillo (Hinojosa de la Sierra), El Puntal (Sotillo del Rincón), Castillo de Avieco (Sotillo del Rincón), Castro del Zarranzano (Cubo de la Sierra), El Castillejo (Ventosa de la Sierra), Alto de la Cruz (Gallinero), Los Castillejos (Gallinero), El Castillejo (Castilfrío de la Sierra), Los Castellares (S. Andrés de S.Pedro), El Castelar (San Felices), Peñas del Chozo (Pozalmuro), Los Castillejos (El Espino), La Torrecilla (Valdegeña), Los Castillares I (Villarraso), Los Castillejos (Valdeprado), Peña del Castillo (Fuentestrún), El Castillo (Taniñe), El Castillo (Soria), El Castillejo (Valloria), Los Castellares (El Collado), El Pico (Cabrejas del Pinar), Alto del Arenal (San Leonardo), San Cristóbal (Villaciervos), Cerro de la Campana (Narros), El Castillejo (Nódalo), y el Cerro de Calderuela? (Renieblas), etc.

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Interrogante que quizá sea posible despejar, en cuanto al hecho de situarlo en Renieblas, desconozco el motivo pero ambos pueblos están lo suficientemente alejados como para no dar lugar a confusión.
Veamos que puntos pueden apoyar la teoría de que el Castro y el Cerro de Calderuela estén realmente en Calderuela.
Para empezar tenemos que tener claro que el "cerro" sería el lugar estratégico utilizado como fortaleza para refugiarse del enemigo, los celtíberos construían sus poblaciones aprovechando los accidentes geográficos del terreno y para una mayor protección utilizaban métodos disuasorios como pueden ser piedras clavadas para dificultar la marcha de los caballos, murallas, fosos...

El paso de los siglos y la naturaleza ocultan cualquier antiguo asentamiento, y aún así destaca todo lo que hay por el entorno, y lo que había hasta el siglo pasado, son demasiadas construcciones sin finalidad alguna, esos rectángulos y cuadrados de piedra estaban allí de siempre, otra cosa es, que luego los hayan utilizado en el tiempo de distintas maneras, como huertos, majadas, en fin, que ahora sirven hasta para dividir lindes.

Algunos se han destruido al hacer las parcelas de cultivo, nunca se les dio valor y de hecho no lo tenían, pero quede constancia que casi todo el entorno estaba plagado de estos cercados de piedra.
Nicolás Rabal en las primeras paginas de su libro Historia de Soria, también nos habla de estos cercados de piedra, pero en esta ocasión se refiere a los que rodeaban Numancia, que también desaparecieron la mayoria por mejor aprovechamiento de la tierra.

Desde el Cerro se ve perféctamente el discurrir de la antigua calzada romana y todo el valle...

Sur del Cerro.


Siendo verosímil la existencia del castro celtibero de la primera edad del hierro, fui al lugar donde podría estar ubicado para ver si encontraba algún vestigio.

La imagen es del cerro visto desde el Sur, una fuerte pendiente con piedras sueltas y roca, después una especie de explanada.

Vista desde el Cerro.


Otra imagen, es la vista al Suroeste desde la explanada antes mencionada, desde aquí se domina todo el discurrir de la calzada romana y su confluencia con la cañada real,al fondo se ve Omeñaca, y a la izquierda aunque no lo recoja la imagen, el Moncayo... en fin, se domina mucho territorio.

En la explanada.

Desde la misma explanada, sigo hacia arriba y al fondo empieza a ponerse interesante, se vé una especie de alto de piedras de unos dos metros, que discurre a lo largo del Cerro por la cara Sur. (ampliar foto)

Castro del Cerro de Calderuela.

Observo con atención la zona y veo que a lo largo del altillo de piedras, hay otra fila paralela a la anterior que sobresale del terreno, entre las paralelas hay una anchura de unos tres metros por el interior, coincide con los datos que se tienen en cuanto a castros celtíberos, se supone que por el flanco más accesible construían murallas, que solían tener una anchura de entre dos metros y medio y seis metros y medio.

Muralla Sur del castro

1

2

Avanzamos hacia el Oeste por dentro de esa especie de muralla, vuelvo la vista atrás, y me encuentro con lo que se puede ver en la foto 2.

Se puede apreciar que por el interior de esa especie de vía, no ha crecido ni un solo árbol, y no es precisamente porque antes los plantaran así, estos bosques van a su aire, los arboles crecen donde pueden, es seguro que debajo del "camino" hay piedra.

A unos metros y paralela a esta, parece ser que existía otra muralla mejor definida, a partir de esta otra muralla interior empiezan los cercados de piedra. (foto 1)

También es significativo que el Cerro se llama De la Magdalena, dicen los lugareños que antes había una especie de ermita, (frente a la majada) pero no ha quedado ni una piedra.
Los templarios veneraban a María Magdalena, y solían hacer suyos o proteger, los lugares mágicos o sagrados de antiguas culturas.

LUGAR DE RITOS CELTAS

 
 

 El lugar donde celebraban sus ritos los Celtas, (solsticios, plenilunios, cánticos, ofrendas, sacrificios y demás), solía ser un lugar “especial” al aire libre, con altura suficiente para dominar gran parte de territorio, con grandes árboles, agua cercana y piedras significativas. En el caso de Calderuela “el lugar” podría haber estado en cierta parte del cerro de la Magdalena, existen varios indicios para poder pensar que era su “lugar sagrado”.
Es importante recordar que a partir del cristianismo, todos los lugares sagrados (conocidos) de antiguas culturas, pasaron a formar parte de la Iglesia, de ahí viene la ubicación de muchas ermitas, incluidas las de los templarios.
En el caso del cerro de la Magdalena, el lugar preciso podría estar en el cerrado de las Tres Carrascas, (frente a la majada). Parece ser que en dicho cerrado había tres carrascas milenarias,pero a mediados del siglo pasado fueron taladas y se aprovechó de ellas hasta la raíz,(era época de carencias) por lo que no se sabe el sitio exacto de localización de las carrascas, pero podría obedecer a un triángulo céltico....
Cercano al cerrado, hacia el Sur, hay un Menhir puntiagudo que sobresale del terreno unos dos metros, y lo que podrían ser túmulos. Entre el cerrado y el Menhir, existía una pequeña ermita (ya desaparecida), no se sabe nada de ella, solo se sabe que allí hubo una ermita, personalmente pienso que esta sería la verdadera ermita de la Magdalena, y supongo que el Cerro de la Magdalena se llama así por lo mismo. Pienso que posteriormente se trasladó el culto a María Magdalena, y por consiguiente la ermita, al lugar donde ha estado los últimos siglos (entre Calderuela y Nieva, actualmente dicha ermita está en ruinas), de todas formas en el obispado seguro se podrá “sacar” más información. (Debemos dejar claro que todas las fincas mencionadas son privadas).
Volviendo al cerro, cuenta la leyenda que algo más al Norte del cerrado mencionado, tras una antigua muralla o calle, (todavía existe, en parte) en lo que ahora es una finca de labor, un día se hundió y desapareció una yunta de bueyes, se los tragó la tierra, parece ser que en dicho lugar a pocos metros bajo tierra existe un caudal de agua.
El pueblo que allí existió, tuvo que ser hace muchos siglos, pues en el mapa de 1270 que pueden ver en este mismo blog, no hay mención alguna del lugar, por lo tanto tuvo que estar habitado mucho antes. Se puede destacar que por allí se ha encontrado alguna piedra de molino de vaivén, originales de una época anterior a la invasión romana, también la estela funeraria romana expuesta en la plaza, se encontró en el cerro de la Magdalena. La época más cercana a la que podemos atribuir alguna construcción relevante en el Cerro sería la edad media (ermita...?).
En la parte Sur del cerro hay varias filas de piedras colocadas de forma que parecen canalizaciones de agua, todo el entorno en conjunto tiene características de los antiguos poblados o castros Celtas.
Al lado de la Majada, hacia el Oeste, también se pueden ver restos de un poblado, son calles, callejones, se ve que eran antiguas casas, es parecido a la parte celta de las ruinas de Numancia. En el mismo lugar, me cuentan que había también alguna construcción circular (de la que no a quedado ni una piedra), todo el perímetro del cerro de la Magdalena estaba rodeado de murallas, la mayoría eran de tipo “cajón”.
Aparte del menhir, existen otras piedras curiosas en la zona, por ejemplo una con grabado de algo similar a letras del alfabeto Ogham (alfabeto celta, aunque debo decir que no se tienen evidencias de su existencia en estas latitudes, pero también debo decir que comparando las letras o caracteres del grabado, con el alfabeto ogham, querrían decir: “Hijo De” Aunque también puede ser casualidad o capricho de la piedra...).
También hay varias filas de grandes piedras clavadas, colocadas intencionadamente (ignoro su finalidad), alguna piedra enorme en forma de cubo, que pudiera ser altar, cazoletas..., otra que bien podría ser piedra de sacrificios, pues tiene un orificio que la atraviesa (es sabido que los Druidas hacían correr la sangre de los sacrificios por la piedra), está perfilada y modelada de forma caprichosa, con tosquedad, es algo parecido a dos triángulos unidos en media parte de su base, con un orificio que los atraviesa y algunas canales dirigidas al centro.
Conste que no se puede tener rigor sobre el uso que pudiera tener la piedra en cuestión, está claro que esto lo digo a titulo personal y sería imposible probarlo.
En la actualidad la piedra está tumbada, pero parece que su verdadera posición era vertical, sea lo que sea... basta imaginarla entre las tres enormes carrascas que había en el mismo cerrado y junto a las piedras mencionadas, para darse cuenta de que ese, era un lugar “especial”, posiblemente el lugar destinado a celebrar los “ritos” de los poblados circundantes. Debemos recordar que los celtas tenían “poblados” hasta con una sola familia, eran muy individualistas, pero eso si, estaban muy cercanos unos de otros, es lo que ahora llamamos “barrios” dentro de una misma ciudad o pueblo.
Que el cerro de la Magdalena, a tenido distintas funciones o utilidades a través del tiempo, es obvio, pero que era un lugar importante desde antes de la conquista de Numancia también.

Calle Central y Muralla Norte

1 Calle central


2 Muralla Norte


El cerro estaba protegido en todos sus flancos, por ejemplo al Norte tenía una muralla de piedras (foto 2), que era más o menos alta dependiendo del terreno a cubrir, se puede distinguir a lo largo del cerro como aprovechaban los accidentes geográficos.


Según varios textos, algunos poblados celtíberos se distinguen (entre otras cosas) por una calle central que divide el poblado, en el caso del castro del cerro de Calderuela también se puede aplicar dicha tesis, pues había una calle (tipo muralla) que dividía en dos el poblado. (foto 1)

Creo que son suficientes datos como para eliminar la interrogación sobre la ubicación del castro del Cerro de Calderuela.

Ara a Marte de Calderuela




Imagen prestada por la Junta de Castilla y León.
Museo Numantino de Soria.
Prohibida su reproducción.

Marti · aram p-
osit · Lougus · A(---)[f(ilius)]
Munerigio [v(otum)]
[s(olvit) l(ibens) m(erito]

Fotografía de Ara romana de carácter votivo, data del siglo I aproximadamente, y fue encontrada en Calderuela.

Nada se puede asegurar, pero ciñéndonos a los datos que hasta ahora se tienen, en primer lugar se puede decir que Calderuela (al menos antes de llegar los romanos) era zona Arévaca. Para conocer de forma resumida las costumbres y dominios de los Arévacos, pueden copiar el siguiente enlace:

http://es.wikipedia.org/wiki/Ar%C3%A9vacos


La mayor parte de las Aras dedicadas a Marte (Dios romano de la guerra y los campos) en la provincia de Soria , se concentran en una misma zona. Excepto un altar en Reznos y otra en Langa (esta última no es seguro que esté dedicada a Marte)
Las Aras o Altares de la zona se hicieron en la misma época que los miliarios, (a partir del siglo I).
Podemos destacar que casi todos los poblados donde se descubren las Aras a Marte, están próximos a la calzada romana (vía UXAMA-AGUSTOBRIGA), en el trayecto que abarca desde Numancia (Garray) hasta Agustobriga (Muro de Agreda). De lo que podemos deducir que tenían una gran influencia romana.
Es de suponer que las Aras se hicieron en el momento de mayor explendor de los poblados, este momento en el caso de Calderuela, pudo ser debido a la incipiente industria de las piedras de molino, que por aquel entonces deberían estar en plena expansión, ya que en esta zona y otras muchas (hasta la llegada de los romanos), se utilizaba el molino de vaivén o barquiforme, muy distinto al molino de grandes piedras circulares de los romanos.
Alrededor de la sierra del Almuerzo había varias canteras de piedras de molino, parece ser que el tipo de piedra que abunda por la zona es buena para “trabajar” y para moler.
Por lo tanto se podría decir que el oficio de cantero era tan importante como el de pastor, por esta zona, en aquellos siglos.
Dado que en este punto (bajo el monte Cencejo) confluyen la cañada real y la calzada romana, (las dos vías de comunicación más importantes de la época) es de suponer que existía un gran comercio, ya sea ganadero, de piedras, o de ambas.
Está comprobado que había canteras de piedra de molino en los términos de: Canos, Cortos, Calderuela, El Espino... (por decir los que están en la sierra del Almuerzo, pero había bastantes más)
Para más información sobre el tema pueden visitar los siguientes enlaces:
(En el primero tienen recopilada una amplia información, así como fotografías y localización exacta de los puntos)

http://meuliere.ish-lyon.cnrs.fr/php/espagne.php


http://www.trebago.com/revistas/27/10canteras.asp

También cabe destacar que la zona es rica en hierro.

Pero sigamos hablando de las Aras.
El Ara de Calderuela es un Ara romana de carácter votivo, dedicada a Marte por Munerigio, según la mayoría de hipótesis Munerigio sería un nombre indígena.

Otras Aras dedicadas a Marte se encontraron en términos de los siguientes pueblos:
VILLAR DEL CAMPO
AÑAVIEJA
NUMANCIA
PINILLA DEL CAMPO
REZNOS
LANGA?

Con el fin de documentar algo más sobre la época, he elegido varios extractos de un articulo que cito a continuación:

JOSE FERNANDO PABLOS NAVAZO

ROMANIZACION EN CASTILLA LEON

“Ninguna noticia hace suponer que, en época prerromana, existiese una
organización sacerdotal al servicio de los dioses indígenas equiparable a la de los druidas
de las Galias. Ahora bien, el sacerdocio galo no debe reducirse a los druidas: también
había sacerdotisas, vates/adivinos y sacerdotes de cultos locales sin conexión ni
jerarquización entre sí, como sucedía con los druidas. Estos últimos son un reflejo de lo
religioso de las formas políticas más evolucionadas y centralizadas de algunas regiones”
(Mangas, 1989, p.88). Se debe esta situación a la fragmentación de los pueblos
prerromanos.
Sin embargo, tenemos noticias de adivinos:
- Una mujer, virgen (fatidica puella y puella la llama Suetonio (Galba, IX, 2)
practicaba rituales de adivinación en Clunia en época de Nerón.
- Plinio el Viejo (Nat., XXXI, 23-24) dice que en las fuentes del río Tamaricus
(¿Carrión?) otra adivina echaba las suertes a partir de la observación del
movimiento de las aguas.
Pero nos faltan noticias de intermediarios, sacerdotes, magos o adivinos en los
rituales colectivos.
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“La conquista romana de la Meseta Norte se completó sin necesidad de suprimir
las formas religiosas prerromanas, ni tampoco imponiendo con violencia las creencias de
los romanos” (Mangas, 1995, p.171). Tan sólo fueron prohibidos los sacrificios humanos
de Bletisa (Ledesma, Salamanca).

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“El Estado romano, pues, no sólo no forzó la implantación del culto a sus dioses,
sino que la difusión de su religión fue, en cierto modo, el resultado de la difusión del
estatuto de ciudadanía. Más aún, los indígenas que accedieron a ser ciudadanos pudieron
mantener la devoción a sus antiguos dioses junto a la de algunos dioses romanos”
(Mangas, 1989, p.92).
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1.b.4) Sacrificios
Estrabón, III, 3, 7, a comienzos del Imperio, nos desvela que los pueblos del Norte
hacían sacrificios de caballos por hecatombes en honor a su dios de la guerra.
Los sacrificios humanos con fines adivinatorios están documentados entre los
lusitanos. Craso tuvo que prohibir estas prácticas rituales a la población de Bletisa
(Ledesma, Salamanca). Plutarco, Q. R., 83:
“Informados de que los bárbaros llamados bletisenses sacrificaban hombres a los dioses,
fueron enviados para castigar a los responsables; al quedar patente que hacían esto siguiendo
una inveterada costumbre, los dejó en libertad, pero les prohibió que volvieran a hacerlo en el
futuro”.
La ofrenda de frutos de la tierra, la danza y el sacrificio de animales fueron
prácticas comunes para aplacar, agradecer o suplicar a sus dioses. Salvo los caballos,
relacionados con el dios de la guerra, no sabemos qué tipo de víctimas eran empleadas.


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Después de cotejar varias de las informaciones disponibles se podría plantear la siguiente hipótesis:
El hecho de encontrarse varios Altares dedicados a Marte concentrados en un territorio, puede señalar que había Sacerdotes (Adivinos, bardos, vates, druídas o lo que fueren) que estaban conectados entre si.
Está claro que se buscan los vínculos tribales que puedan existir entre Aras y territorios, y podría decirse que en este caso concreto existe el vínculo religioso, dado que Marte es Dios romano de la guerra, y algunas tribus Celtas también tenían un Dios de la guerra. (Imagino que durante la romanización adoptaron la escritura latina, y al final, el Dios de la guerra se llamó Marte).


Creo que la destrucción de Numancia no significa que no quedaran supervivientes en otros poblados cercanos, tenemos que recordar que en esos tiempos era normal entregar rehenes a cambio de la supervivencia de un pueblo, o bien se unía a las tropas romanas algún hombre del lugar.
Es sabido que el pueblo celta era muy individualista, por lo tanto cabe pensar que en la guerra no todos corrieron la misma suerte, aunque pertenecieran a una misma tribu. Está claro que murieron todos los que voluntariamente (o no) permanecieron en Numancia, pero muchos otros y otras sobrevivieron. Sino es así, ¿quien siguió habitando esos poblados? No creo que trajeran familias romanas, aunque bien pudiera haberse mezclado la raza con los soldados. Lo que significaría que un siglo después de la derrota numantina, hubiera una repoblación importante de la zona con costumbres de ambas culturas.
Es lógico pensar que los supervivientes de una tribu hubieran seguido unidos a pesar de las dificultades, también sería lógico que intentaran volver a sus antiguos poblados, esa podría ser la razón de las Aras a Marte en una zona delimitada, tal vez se intentaba marcar una territorialidad del pueblo o tribu por medio de la “religión”, este sería a la vez el modo de permanecer unidos...
Siguiendo esta lógica sería factible que el nombre de quien dedica el Ara pudiera ser el nombre del guía espiritual del poblado, o en todo caso el nombre del “reyezuelo” del lugar, sea romano o indígena, aunque es más fácil que sea indígena puesto que los romanos permitieron conservar ritos y costumbres de carácter religioso a los celtas que habitaban estas tierras.
En cualquier caso es atractivo pensar que MUNERIGIO, fuera el nombre de uno de los últimos “Druídas” de la meseta castellana...
En fin, es solo una hipótesis, hasta ahora no se puede asegurar a ciencia cierta quien era Munerigio y que cargo ostentaba, pero no cabe duda que alguna relación tenía con el tema de los Dioses.

11/07/08

Desde la Atalaya.

Clíc en las imágenes para agrandar.

Bajo las letras del monte Cencejo (imagen) pasaba la vía romana en la ruta Uxama-Agustóbriga, en ese punto la calzada, paralela a la vía del tren, cruza con la Cañada Real.

Fotografía tomada desde la Atalaya, (existe otro monte llamado la Atalaya en las proximidades del pueblo, junto a Nieva) desde allí se ven los pueblos de Cortos, Arancón, Omeñaca, Aldealpozo, entre otros, y muchos kilómetros de vista en todo alrededor.

Esta zona es de bosque cerrado y está habilitada para la caza, no recomiendo entrar en esos parajes, en fin, que la zona es coto privado para la caza mayor y hay guardas día y noche, se ocupan de la vigilancia y "cuidados" de ciervos y corzos y es muy posible que llamen la atención a "forasteros" que vean por allí. Sobre todo en la zona arbolada.

Con mi traslado a Nieva de Calderuela es posible que el blog se amplíe con nuevas entradas, referentes a distintos lugares interesantes. (de Calderuela y de Nieva)




Para contactar enviar email a calderuelantigua@hotmail.com

MAPA AEREO

10/07/08

La Virgen de la Pradera



A continuación un texto de Manuel Ibo Alfaro, (escritor riojano del siglo XIX) los hechos se desarrollan en Nieva principalmante, pero también en Calderuela, el texto está recopilado de la revista de mediados del siglo XIX El Museo Universal, es una de las primeras "novelas por entregas", el autor describe perféctamente el vestuario y costumbres de la época en esa zona.



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AÑO 1834
LA VIRGEN DE LA PRADERA

INVOCACION

Simpáticas jóvenes, que en el oscuro seno del porvenir absorbéis esperanzas con anhelo, como miel absorben las abejas en el cáliz de la flores, escuchad con paciencia la sencilla historia de una zagala, y élla os convencerá de que la Virgen protege desde el cielo el amor de las doncellas, cuando el amor es puro y puras las doncellas.


PARTE PRIMERA
1

En una de las provincias más pobres de España, cuyo nombre poco importa al lector, existe, humildemente reclinada en la falda de una extensa cordillera de montañas, una aldea tan pequeña como pobre, llamada Nieva, que apenas cuenta con sesenta vecinos, es un pueblo compuesto en su mayor parte de pastores, siendo muy pocos los labradores que allí se encuentran, por la sencilla razón de no haber terreno que labrar.
Sierras erizadas de puntiagudas peñas, se extienden por una parte, montes cubiertos de encinas, de robles y rebollos por otra, verdes colinas pobladas de brezos y madroños, se destacan entre sierra y sierra, y alguna pradera matizada de flores silvestres, aparecen en las faldas de estas colinas. Un pequeño arroyo se desliza delante del pueblo, este pequeño arroyo más diáfano que el cristal, riega algunos raquíticos hortales, plantados de berzas, y algunos ciruelos, que por lo rígido del clima pocas veces florecen y nunca dan fruto.
En el invierno un sólido manto de nieve cubre por espacio de muchos meses, sierras, montes, colinas y pueblo, y más de una vez se han visto obligados los infelices habitantes de aquel inclemente suelo, a emplear días enteros en retirar con palas la nieve de las calles para llevar la comida a los rebaños de ovejas, cerrados en las majadas, y para asistir ellos el domingo al templo de Dios, cuando sonoro esquilon les llama a misa.
Pero brilla el sol de Mayo, y aquel pueblo cambia radicalmente de aspecto, la nieve se derrite, las sierras y los montes y los valles se cubren de verdor, el arroyo murmura al deslizarse sobre una alfombra de flores, el ambiente halaga el olfato con suaves aromas, mil aves de bello plumaje surcan la atmósfera, en los montes se escucha de continuo la zampoña de jóvenes zagales, que mientras apacientan los ganados, lloran sus cuitas o cantan sus amores, y de continuo se ven junto al arroyo hermosas zagalas más frescas que la misma primavera, zagalas de cabellos tan negros como el ébano o tan rubio como el oro, las cuales van a llenar sus cántaros en la fuente, y a contemplar de paso su hermosura en el nítido espejo de las aguas.

Nieva es un pueblo tan miserable, que de su miseria no puede formarse idea la persona que no haya vivido en él algún tiempo. Las casas están sin blanquear y tienen un solo piso, a excepción de la del señor cura que tiene dos, y para esto el suelo del segundo y la escalera que a él conduce, son de tablas de pino o de roble bastante mal trabajadas.
Cada casa se compone por lo común de tres piezas, la cocina, que hace a la vez de portal, y que da entrada por una estrecha puerta al dormitorio de la familia, que tiene una o dos alcobas, y por otra puerta más ancha a la cuadra, mansión de veinte o treinta gallinas, y de dos o cuatro bueyes. Delante de la casa se extiende un fondo de horma o pared de piedra seca, y en este cerco o corral que hay que atravesar para entrar en la cocina, conservan aquellos infelices el estiércol con que fecundan el rebelde hortal, que constituye su mayor recreo, si ha de darles alguna legumbre en verano.
Más de una vez en invierno han visto los habitantes de Nieva, al abrir por la mañana sus ventanas, huir una liebre, que durante la noche había bajado de los montes a guarecerse so el calor del estiércol, más de una vez, cuando el suelo está cubierto de nieve, han visto en sus corrales señalada la ligera planta del ciervo, que de las montañas bajara a cobijarse también en el estiércol, o entre las paredes de los edificios, y más de una vez han escuchado en el silencio de las noches de Enero el terrible aullar del lobo, que rabioso por el hambre, se dejaba caer hasta las mismas puertas de aquellos débiles edificios, acechando los bueyes y terneras que apaciblemente dormían, no lejos de la habitación, donde dormían sus amos.
En Nieva apenas circula el dinero, el cual se encuentra sustituido por lo huevos de gallina. Si algun cazador, nuevo forastero que aquellos paisajes visita, pregunta por ejemplo: “a cómo vale el aceite” le responden aquellas buenas gentes con ademan cariñoso: “Señor a tantos cuartos, o a tantos huevos” Es decir, que lo mismo da pagar en moneda, que da pagar en huevos de gallina. ¿Supone esto un atraso lamentable en la civilización, o una organización social envidiable?
En el pueblo que nos ocupamos, el alcalde, única autoridad que se conoce, no es más que un hombre, pues nunca empuña la vara de la justicia, porque jamás existen motivos que le obliguen a empuñarla.
Si dos mujeres se insultan alguna vez de palabra, bien pronto se piden perdón la una a la otra, y si dos hombres, en el acceso de un acaloramiento, se abofetean, lo que trascurren largos años sin acontecer, inmediatamente les reprenden por ello sus amigos, sus parientes, los ancianos, el cura de la aldea, y ellos reconocen su extravío, se avergüenzan de haberlo cometido, se dan el uno al otro una satisfacción, y juntos van a tomar una copa de vino, y juntos también marchan luego los dos a trabajar.
Los habitantes de Nieva no comen en todo el año otros manjares, que el pan negro, que amasan con el trigo centeno, que han recogido en sus montes, y la cecina de reses criada en su casa. Mas no se crea por esto que aquellas sencillas gentes se encuentran desposeídas de placeres, no, si durante la semana todos, menos los ancianos y el cura están dedicados a sus distintas faenas, los domingos descansan por completo, los mozos se reúnen en la plaza y juegan a la pelota o tiran la barra, y las pastoras en la plaza o en las praderas, que próximas a las márgenes del arroyo se extienden, juegan a los bolos o bailan al son de las panderetas y las castañuelas. Y puede asegurarse que doncellas y mancebos disfrutan en aquellas sencillas diversiones más que en los teatros y esplendentes soirés, disfrutan los caballeros y damas de la corte.
En el año 1834, la atención de la aldea se hallaba fija en dos jóvenes, porque eran novios, porque los dos eran los más riquillos del pueblo, y porque él tenía que entrar en quinta en dicho año, sin contar con recursos suficientes a pesar de ser la de su padre la primera casa del pueblo, para poner un sustituto.
El novio se llamaba Pedro, la novia Fernanda, y Pedro, según la tradicional y venerada costumbre de su país, llevaba ya la señal del novio. Esta señal consiste en un escapulario prendido al cuello dentro de la chaqueta, y cuyas cintas se cruzan una sobre otra en el pecho encima del chaleco.


Fernanda era de una estatura más baja que alta, algún tanto gruesa, de cara redonda, de nariz afilada, de ojos azules, de cabellera rubia y de mirada sagaz y penetrante.
Vestía como todas las mujeres de la aldea, zagalejo de paño pardo, con una tirana o cinta de algodón encarnado media cuarta más arriba del borde, jubón de paño negro, un manton a los hombros y un pañuelo blanco a la cabeza prendido por detrás, de manera que sus dos almidonadas puntas quedaban muy tersas y horizontales, la una hacia la derecha y la otra hacia la izquierda. Pero Fernanda, según todas las mujeres de la aldea contaban con emulación, tenía una arca de ropa fina, y no mentían las mujeres cuando esto contaban, porque en efecto, en una arquita de pino, cerrada con llave, guardaba dos zagalejos de paño, dos sayas de percal, dos pañuelos de seda para los hombros, algunos pares de medias caladas, un jubón de pana o velludillo negro y seis pañuelos blancos para la cabeza.
Este equipo, con que Fernanda se engalanaba en las Pascuas de Resurrección y Pentecostés, el dia del Corpus, el de la Ascensión, el de Jueves Santo y el de la fiesta del pueblo, equipo al que ninguna de las demás zagalas de la comarca podían llegar, y que todas envidiaban como se envidia un inapreciable tesoro, la tenía sobremanera orgullosa. Muchas veces iban algunas ancianas pastoras a que se les enseñara, y cuando santiguándose de admiración aquellas pobres mujeres, examinaban una por una las piezas de tan opulento equipo, decía la madre de Fernanda con enfático retintín:
-No, pues no es esto sólo lo que mi hija ha de llevar cuando se case, que algo más y de más valor le tiene reservado su madre.
Al oír estas palabras Fernanda se sonreía con orgulloso desdén, y las pastoras exclamaban con marcado aceto de asombro: !Bendito sea Dios! !cuanta riqueza! Ya puede estar contento el novio.
Y no había en verdad cosa que más halagara el corazón de Fernanda que este homenaje rendido a su grandeza.
Pedro era un joven alto, bien formado, de ojos negros, de rostro tostado por el sol, pero de facciones simpáticas, de mirada noble y de carácter expansivo. Vestía media de lana parda, albarcas en invierno y alpargatas en verano, calzón, chaleco y chaqueta de paño pardo, una montera de piel de zorra, y una burda anguarina en los días de más frío. También Pedro era el único de los mozos de la aldea, que contaba con un repuesto de ropa fina para vestirse los días festivos, pero se cuidaba muy poco de ello y sólo pensaba en tener limpia su escopeta, y gordos sus perros de caza.
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2

Fernanda era hija de la tía Isabel y del tío Isidoro, mas el tío Isidoro hacía tiempo que había muerto y la tía Isabel poseía un rebaño de ovejas, algunos cerdos, veinte y seis vacas, y sobre todo ocho onzas de oro, que conservaba ocultas en un escondite de la casa, y que era a lo que aludía, cuando al enseñar la ropa de su hija, decía con enfática voz: “No es esto sólo lo que llevará mi hija cuando se case, que algo más y de más valor le tiene reservado su madre” La tía Isabel pagaba un pastor para las ovejas, otro para las vacas, y otro para los cerdos, así es que Fernanda no salía al campo, sino cuando por gusto se le antojaba hacerlo, y sus ocupaciones consistían en remendar ropa, y en cuidar las gallinas y palomas que había en la casa.
Pedro era hijo del tío Telesforo, y éste viudo de la tía Juana. El tío Telesforo no poseía sino un rebaño de ovejas, no tenía vacas ni cerdos, pero sí la suficiente tierra de labor para ocupar todo el año dos yuntas de bueyes, por lo cual Pedro, sólo trabajaba cuando por una oportuna sementera o por cualquier otro motivo, se hacía forzoso echar una yunta más en el otoño, o cuando en la recolección del grano todos los brazos son pocos para el codicioso labrador, pasaba el resto del año aquel mancebo en llevar las cuentas de la casa, en dar disposiciones por la noche para los trabajos del día siguiente, y en cazar liebres, perdices y conejos, cuyas piezas de caza, debido a su ojo certero partía siempre entre su padre y su novia.
Como hemos dicho, la casa del tío Telesforo y la de la tía Isabel, eran las dos principales del pueblo y las que frecuentaba más el anciano cura. Las demás familias o dependían de estas dos casas, o las infelices se veían precisadas a buscar trabajo en los pueblos inmediatos, y unas y otras tenían constantemente deudas de trigo, de huevos o de aceite con el tío Telesforo o con la tía Isabel.
En Fernanda, cuya alma adolecía por naturaleza de orgullo, de ese orgullo raquítico que sólo puede caber en un pecho pequeño, venían las circunstancias a desarrollar más y más esta pasión. Todas las zagalas de la aldea, es decir, las tres o cuatro muchachas que había, o estaban éllas mismas asalariadas para cuidar los rebaños de la madre de Fernanda, o eran hijas de labradores asalariados en la casa de Pedro, novio de Fernanda, o cuando menos conservaban alguna deuda atrasada con la madre de Fernanda o con el padre de Pedro, que para el efecto era lo mismo, y todas por lo tanto, se hallaban humildemente sometidas a la voluntad de Fernanda, quien abusaba de su situación ejerciendo una tiránica superioridad sobre todas.
Cierto es que Fernanda se juntaba los domingos con las demás, y con éllas bailaba y jugaba, pero quizá manifestaba en esto su vanidad más que en otra cosa alguna, pues en vez de hacerlo por simpatía o por amistad, lo hacía sólo por deslumbrar de cerca a aquellas infelices jóvenes con sus lujosos vestidos y por ponerse a punto de que los miraran una y otra vez, y una y otra vez los admiraban.
También Pedro se mezclaba en sus francachelas con los mozos del pueblo, todos dependientes de su casa, mas Pedro lo hacía únicamente por divertirse, sin pensar nunca en la superioridad que sobre ellos pudiera ejercer.
Como la casa del tío Telesforo y la de la tía Isabel eran las dos casas más ricas de la aldea, antes de quedarse viudos estos dos caciques, es decir, cuando aún se hallaban en pañales Pedro y Fernanda, convinieron las dos familias en casar a los muchachos, de modo que cuando los niños se hicieron jóvenes, ya se encontraron novios, llegando a ser para los dos semejante estado una necesidad, pues que nunca habían vivido de otra manera. No podemos asegurar que Pedro y Fernanda se profesaran una ardiente pasión, porque las pasiones, especialmente de amor, jamás de desplegan volcánicas hasta que son contrariadas, y nunca contrariada se había encontrado la de aquellos dos jóvenes, mas Pedro amaba a Fernanda por el hábito de amarla, y Fernanda amaba a Pedro, ya que no por otra cosa, por orgullo, porque Pedro era el más rico y el mejor mozo del pueblo.
Hemos dicho no hace mucho, que Fernanda, a quien podemos considerar la Sultana de aquel miserable harén, se juntaba con las demás zagalas los días de fiesta y se mezclaba en las diversiones con éllas, pero no es esto completamente exacto, se juntaba con todas y con todas se divertía y con todas hablaba, menos con María, hacia la cual abrigaba un enconado odio. Si Fernanda estaba jugando o bailando con sus compañeras y llegaba María, se retiraba Fernanda, si Fernanda pasaba por la calle junto a María, y María se disponía a hablarle, volvía la cabeza Fernanda por no contestarle, y si cansada de tanto desaire la pobre María, cruzaba junto a Fernanda sin hacer ademan de saludarla por no recibir un nuevo sonrojo, escupía Fernanda con desprecio junto a María.
Bien censuraban los habitantes de la aldea de puertas a dentro la conducta de Fernanda, y se compadecían de la infeliz María, pero tenían los pobres gran cuidado de que nada de esto se trasluciera, porque indudablemente habrían sufrido la venganza de la altiva Fernanda.
Veamos, pues, quién era María y por qué Fernanda le profesaba aquel sañudo rencor.

María era una zagala de veinte años, pobre, muy pobre, pero dotada por la Providencia de un alma angelical y de seductoras formas. Su cuerpo bastante alto, participaba de la flexibilidad del mimbre, sus movimientos aparecían lánguidos y su aire apasionado.
Su rostro moreno por el sol, que de continuo recibía en el monte, ofrecía dos rosas en sus dos mejillas, y sus ojos negros, grandes y velados por dos cejas negras y pobladas, formaban bella armonía con su cabellera de ébano, con sus labios de coral y sus dientes de marfíl.
La madre de María se llamaba Ramona. La tía Ramona había sido, desde que murió su esposo, la pastora del rebaño de ovejas del tío Telesforo, padre de Pedro, mas desde que una mala nube, que le cogió lejos de la majada, la dejó baldada casi por completo, se retiró a su choza, y María se encargó del cuidado del rebaño.
María, naturalmente sensible, acostumbrada a ver sufrir a su madre, y a que ningún zagal le dirigiera sus festejos, porque no poseía otra cosa que el triste salario, que en pan, huevos y aceite, le pagaban en casa de su amo el tío Telesforo, había llegado a formarse lenta e inadvertidamente, un carácter melancólico, que prestaba a su mirada y a su sonrisa gratísima dulzura. Pero estas gracias se perdían en el campo. María pasaba el tiempo conduciendo sus ovejas por los montes, sólo bajaba a la aldea los sábados por la noche para oír misa el domingo, y para abrazar a su madre, que lloraba de contento al estrechar contra su regazo una hija tan hermosa y buena.
No olvidemos decir que la madre de María vivía frente por frente a Fernanda, tanto, que desde el balcón de madera de casa de Fernanda, se podía hablar con quién se asomara a la única ventana de casa de la madre de María, con la misma comodidad que si ambas personas se hallaran en una misma habitación.
Junto a la aldea se levanta una cordillera de montañas, y a la otra parte de estas montañas se extiende entre dos colinas una verde y dilatada pradera, en medio de la cual se alza una pequeña ermita, llamada La Virgen de la Pradera. Esta ermita es tan humilde como el pueblo que, con sincera fe y ardiente amor, le rinde culto. La forman cuatro paredes de yeso, que sostienen un raquítico tejado, para entrar en el santuario o asomarse a la rejilla de la puerta, es preciso subir tres gradas de ladrillo sosteniendo un pequeño esquilón.
Detrás de la ermita, pero unidos a élla, se descubren hoy los cimientos, que algún día formaron una choza, y junto a esta hundida choza nacía una cristalina fuente. A aquellos cimientos llaman los habitantes del país, no sólo los de Nieva, sino los de los pueblos vecinos, la casa del ermitaño, y a la fuente, la fuente de la Virgen.
La fuente de la Virgen brota pura a la espalda de la ermita, y al surcar en manso arroyuelo la pradera, se asemeja a una finísima cinta de cristal tendida sobre un campo de esmeralda. En las orillas de la fuente nacen lirios, en la pradera margaritas, y en las colinas que rodean la pradera, abundantes madroños con su fruto de grana. La calma y el silencio tienen su morada en aquella ermita, desde allí no se ven sino las flores que esmaltan el suelo y las nubes que surcan la atmósfera, desde allí no se oye sino el dulce murmurar del arroyuelo y el blando gorjear de las alondras.
Hubo un tiempo en que Fernanda no miraba con odio a la infeliz María, y aunque siempre desplegaba sobre élla más que otra cualquiera la superioridad de su posición, sin embargo, hablaba con élla, y con élla se juntaba como con las demás zagalas del pueblo.
Pero un día, dos años antes del momento en que hemos tomado esta historia, ocurrió un incidente, que produjo tristes consecuencias para la inocente María.
Era una mañana de mayo, y la hora aquella en que el alba pinta sus cándidos arreboles en el horizonte. María había conducido ya su rebaño a pastar en la pradera, y mientras el rebaño pastaba, sentada élla en las gradas de la ermita, lloraba y enjugaba sus lágrimas con el borde del zagalejo, y mientras la infeliz zagala lloraba sin que nadie viera su llanto, sin que nadie consolara su dolor, el arroyo murmuraba y los pájaros cantaban y nubes de rosa y plata surcaban blandas, a impulsos de un suave céfiro, el azul del firmamento.
De repente el mastín del ganado, que se hallaba a los pies de María, se levantó en ademán hostil, erizó las orejas y comenzó a ladrar, pero luego las agachó y meneando la cola echó a correr y comenzó a hacer repetidas caricias a un cazador, que doblando una de las colinas, entró en la pradera y se dirigió a la ermita. Aquel cazador era Pedro, Pedro, con las polainas de gruesa baqueta, con el morral a la espalda y la escopeta al hombro, había doblado la sierra, que se levanta junto a la aldea, pero descubrió su ganado alrededor de la ermita, y se encaminó hacia él.
Cuando Pedro se acercó a María, ya ésta se había enjugado las lágrimas, mas no pudo borrar la huella que habían dejado en sus mejillas, así es, que tan luego como Pedro se paró a su lado, descansando el brazo derecho en la boca del cañón de la escopeta, y pasando la mano izquierda por la cabeza del corpulento mastín, que se deshacía en caricias, le dijo sorprendido:
-¿Has llorado, María?
-Si he llorado, contestó María afligida.
-¿Pues qué tienes?
-Que ayer dejé a mi pobre madre enferma, y nada sé de élla.
-No te aflijas por eso, repuso Pedro con aceto cariñoso, si continuara mal ya lo habría sabido yo, y sobre todo, mañana cuando vuelva a la aldea, la veré, y sin que mi padre, ni Fernanda, ni nadie, sepa nada, le daré cuanto necesite.
-!Dios te lo pague, Pedro! Exclamó la pobre María, comenzando a llorar de nuevo y enjugandose las lágrimas con el zagalejo.
-No te aflijas, le dijo Pedro con amigable voz, luego añadió: ¿tú no habrás almorzado aún?
-No tengo ganas, respondió, María entre sollozos.
-No importa, continuó Pedro. Y reclinando la escopeta sobre las gradas de la ermita, abrió su morral, sacó de él una pierna de liebre en cecina, un pedazo de pan y otro de queso, y entregándoselo todo a María, repuso: Toma, toma y no llores, que mañana sin falta veré a tu madre y le daré cuanto necesite.
-La Virgen Santísima te lo pagará, Pedro, contestó María recibiendo lo que Pedro le entregaba, mi pobre madre no tiene en el mundo quien la socorra, y yo que soy la única que podía cuidarla, me veo precisada a estar separada de élla.
-!Como ha de ser! Esclamó Pedro. Y echándose al hombro la escopeta, prosiguió: Vaya, María, hasta otro rato.
-Adiós Pedro, respondió María. Y Pedro se dirigió al monte.
Marchó Pedro, y María quedo sentada en las gradas de la ermita, con la pierna de liebre, con el pan y el queso en la mano, estática, subyugada bajo un sentimiento que no podía explicarse, pero que en medio del dolor que sufría por la triste situación de su madre, llenaba de placer su alma.
Entonces sonó un tiro. Tendió la vista María hacia donde el tiro había sonado, y descubrió a Pedro, que en el perfil de los montes se dibujaba cargando la escopeta, y al verle se estremeció María. Luego volvió a mirar la joven zagala, mas Pedro había cogido la pieza muerta y desaparecido, doblando la colina. Entonces María arrodillándose en las gradas de la ermita y fijando sus ojos en la Virgen por la rejilla de la puerta, rezó una salve con ardiente fervor.

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3


¿Por quién rogaba aquella sencilla joven? ¿Rezaba por la salud de su madre? No ¿Por quién rezaba? Élla misma lo ignoraba, y su corazón latió al rezar, y también ignoraba por qué latía su corazón.
Pedro pasó cazando toda la mañana y toda la tarde, por la noche durmió en una corraliza con dos de sus labradores, el día siguiente también lo empleó en cazar, y al obscurecer regresó a la aldea. Pedro había muerto dos liebres, un conejo y una perdiz; una liebre y el conejo dejó en su casa y la otra liebre y la perdiz llevó a Fernanda, se encontraban en la cocina hablando muy de broma, Fernanda, su madre y dos aldeanas.
-¿Has cazado mucho? Le preguntó la tía Isabel.
-Dos liebres, un conejo y una perdiz, respondió Pedro muy contento, una liebre y el conejo he dejado para mi padre, y traigo a ustedes la otra liebre y la perdiz.
-Ya podías haberme traído a mi el conejo y dejar la perdiz para tu padre, dijo Fernanda con mal gesto, siempre me traes lo que menos me gusta.
-Te engañas, contestó Pedro sentándose a su lado, porque hace pocas noches dijiste que te gustaba mas la perdiz que el conejo, y por eso he dejado el conejo a mi padre.
-Lo mismo da, contestó la tía Isabel.
-Si supieras lo que soñé anoche, continuó Fernanda con desdeñosa sonrisa.
-¿Que soñaste? Preguntó Pedro con ademán contemplativo.
-Que me habías abandonado a mi y te casabas con otra.
-!Ave María Purísima! Exclamó su madre.
-¿Y con quien me casaba? Preguntó Pedro sonriendo con candor.
-Aciértalo tú.
-¿Con Juana? Dijo Pedro sonriendo.
-No.
-¿Con la Antonia?
-Tampoco.
-¿Pues con quién?
-Con la María, respondió Fernanda.
-!Jesús! Exclamaron a la vez todas las mujeres que allí estaban.
-!Bendito sea Dios! Murmuro santiguándose la más vieja de las dos aldeanas, a donde ha ido a parar con su sueño, a la más miserable de la aldea.
La tía Isabel miró a sus dos vecinas e hizo un gesto de desprecio. Entonces Pedro dijo:
-A sazón de la pobre María, esta mañana la encontré llorando en las gradas de la Virgen de la Pradera, le pregunté que tenía y me contestó que estaba su madre muy mala.
-Si está bastante mala, repuso una de las dos aldeanas.
-Aunque se muriera, maldita la falta que hace, murmuró Fernanda.
-¿A que hora viste a María? Preguntó Fernanda con desdén.
-Al rayar el alba, contestó Pedro.
-Pues a esa misma hora estaba yo soñando que te casabas con élla.
-Me causó tanta lástima la infeliz, prosiguió Pedro, que le di un pedazo de cecina de liebre y otro de pan y de queso.
-¿Un pedazo de cecina de liebre? Gritó Fernanda convertida instantáneamente en una furia, con que la cecina que yo misma he hecho y que te puse para merienda ¿se la has dado a esa mocosa?
-Y eso ¿que tiene de particular?... dijo Pedro.
-Yo te aseguro que no le darás otra, volvió a gritar Fernanda.
-Tu harás lo que quieras, contestó Pedro, pero no hay motivo para que te incomodes.
La tía Isabel se sonreía con violencia, y las dos aldeanas permanecían con la vista fija en el suelo, sin atreverse a proferir una sola palabra.
Este hecho por si solo, hizo nacer en el corazón de Fernanda un terrible encono contra la inocente María, pero otra circunstancia vino a encender el odio que a María profesaba Fernanda.
Cierto día, domingo era, se encontraba Fernanda en su balcón, mirando con desprecio a María, que estaba asomada a la ventana, sin atreverse a levantar los ojos, que tenía fijos en la calle, por no recibir alguno de los desprecios, con que ya comenzaba a martirizarla Fernanda. Hizo la casualidad que por allá pasaran cuatro cazadores, de lejanas tierras sin duda, porque aunque llevaban chaquetas y polainas, parecían por su elegante aire, gente de ciudad.
Detrás de los cazadores iban dos criados con cuatro caballos, y ellos con las escopetas al hombro, caminaban con mucha algazara, viendo y dirigiendo oportunos sarcasmos a cuanto se ofrecía a su vista. Uno de ellos se fijó en María, y llamando la atención de los otros, dijo en alta voz:
-Mirad muchachos, la mujer más hermosa que he visto en estas tierras
-!Que ojos tan hechiceros! Exclamó otro.
María se puso más encarnada que los madroños del monte.
-Mirad esa otra, gritó el tercero señalando a Fernanda y riéndose a carcajadas.
-¿Como es posible, exclamó el cuarto, que haya una mujer tan fea frente a una mujer tan hermosa?
-Porque en este mundo andan siempre revueltos los ángeles y los demonios, contestó el primero.
María se quitó de la ventana ruborizada, y Fernanda se quitó del balcón pateando y llorando de ira y de despecho. Entonces mismo juró Fernanda vengarse de María, desde entonces la desollaba sin cesar, con su lengua de víbora y la despreciaba siempre que a sus alcances estaba poder hacerlo.
Si en la iglesia se arrodillaba María cerca de Fernanda, se levantaba Fernanda con aire petulante y se iba a otra parte, y desde entonces, como ya dijimos al principio de esta historia, cuantas veces María pasaba por la calle por el lado de Fernanda, levantaba la cabeza con orgullo Fernanda, y escupía junto a María. Y entre tanto la infeliz María lloraba en los montes durante la semana, lloraba los domingos en el regazo de su angustiada madre, y su madre lloraba también con élla, porque otro remedio no tenían las desgraciadas, más que llorar.
-¿Qué habré hecho yo a Fernanda, madre de mi corazón, para que me trate así? Exclamaba María entre sollozos, y entre sollozos contestaba su madre.
-Nada, hija de mi alma, tu no puedes hacer a nadie nada malo, paciencia y confianza en Dios, que Dios nos remediará.
Esto decía María en casa, y cuando sola se encontraba en los montes, mientras las ovejas apacentaban la yerba de los prados, arrodillada élla ante la Virgen de la Pradera, oraba con fervor, y las brisa de la mañana y el céfiro de la tarde elevaban aquella pura, cándida oración al trono excelso de la Reina de los ángeles, de los arcángeles y de los serafines.


El origen de la ermita de la Virgen de la Pradera, según afirma una antigua tradición creída y venerada en Nieva y las aldeas comarcanas a Nieva, fue del modo siguiente:
En tiempos muy remotos llegó a Nieva un fraile capuchino, con objeto de predicar la cuaresma.
No dice la tradición como se llamaba este fraile, pero asegura que jamás varón más justo había pisado aquellas tierras, ni sacerdote que mejor predicara, ni que más fruto espiritual recogiera con sus sermones. Este fraile no admitía retribución alguna por su trabajo, reconcilió con sus evangélicas amonestaciones algunas personas enemistadas que había en el pueblo, y como la noticia de las virtudes de tan santo varón, encendiera rápida por todos los pueblos inmediatos a Nieva, de todos los pueblos acudían día y noche pecadores a depositar sus cuitas en aquel buen ministerio de Dios, y dicen que todas hallaban consuelo en sus palabras y volvían tranquilos a sus casas.
Aquel fraile ayunaba casi siempre a pan y agua, oraba mucho, y no se le veía nunca sino en el templo, confesando, predicando o humildemente arrodillado en las gradas del altar.
Asegura, pues, la tradicción con tanta fe conservada en aquel rústico e inocente país, que un viernes de marzo, en los pocos momentos que el santo varón dormía, tuvo un ensueño, en cuyo ensueño vio que en una pradera, que a modo de balsa reposaba entre dos verdes colinas, que se levantan a la espalda de la aldea, había escondido un precioso tesoro, que él fue con la azada a desenterrar este tesoro, y que a medida que cavaba iban saliendo del fondo de la tierra unos resplandores que eclipsaban la vista, resplandores que sólo podía despedir un nuevo sol que allí estuviera oculto.
Cuando el fraile despertó de su misterioso sueño, sintió una fuerza interior que le empujaba a descubrir aquel tesoro, pero considerando que tal impulso era una tentación de Satanás, que pretendía tender redes a su virtud por medio de la avaricia, postrándose de rodillas ante el altar del templo, inclinó la frente al suelo y oró con fervor.
Terminada la oración, reflexionó que el tesoro, se hallaba escondido en medio de la pradera, podía labrar la suerte de aquella miserable aldea, y enteró de todo a los ancianos del pueblo.

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4

Los ancianos y los jóvenes, locos unos y otros de contento, con lo que el predicador les había dicho, porque ni de su palabra dudaban, ni dudaban tampoco de su inspiración, doblaron la sierra, que de Occidente a Oriente se extiende al Norte de la aldea, comenzaron a cavar en medio de la pradera, pasaron todo el día cavando y cavando les encontró la noche, por fin tuvieron que regresar al pueblo llenos de desconsuelo, y pusieron en noticia del santo varón lo que les había ocurrido. El santo varón al escucharlos, cruzó las manos, cerró los ojos y se encogió de hombros con humildad, como si quisiera dar a entender que algunas veces son incomprensibles para la criatura las siempre altas determinaciones de la providencia.
Llegó otro viernes de marzo, el buen fraile reposó un momento, y en este fugaz reposo tuvo el mismo ensueño que el viernes anterior había tenido, otra vez lo dijo a los ancianos, otra vez subieron las gentes a la pradera y otra vez pasaron el día cavando, pero tampoco encontraron nada. Sin embargo, una circunstancia muy singular les llamó la atención, circunstancia que les hizo creer desde luego, que algo prodigioso se obraba en esos ensueños, y fue, que la tierra que sacaron del gran hoyo, que habían abierto el viernes anterior, habían vuelto a echarla en el mismo hoyo, sobre esta tierra removida, no podía haber nacido yerba hasta el mes de abril o mayo, y no obstante la encontraron tan frondosa y tan crecida como si nunca la hubiera tocado la azada. Todo esto contaron los ancianos del pueblo al sacerdote, y el sacerdote nada respondió, tornó a encogerse de hombros y a levantar los ojos al cielo.
Por último, el viernes más próximo, a la luna llena de marzo, día en que según los cálculos astronómicos, expiró en la cruz el salvador del mundo, volvió a tener el mismo ensueño el fraile, y reuniendo los ancianos, marchó con ellos y con muchos jóvenes zagales y zagalas, que le seguían en busca del misterioso tesoro, y asegura la tradición que de este prodigio se ocupa, que cuando los habitantes de Nieva llegaron a la pradera, la encontraron toda igual y toda cubierta de verde yerba, como si jamás hubiera nadie removido aquella tierra. Gran asombro causó tal circunstancia en el animo de aquellas gentes, y después de haber hecho todos una breve oración, tomó el venerable fraile la azada con sus propias manos. Al ver esto los ancianos, formaron con respeto un círculo en torno del fraile, detrás de los ancianos se agrupaban los zagales y las zagalas, alargando las cabezas para ver lo que allí sucedía, y el fraile comenzó a cavar. Muy poco había profundizado cuando un claro resplandor brotó del hoyo.
-De rodillas,- Gritó con inspirada voz el sacerdote, y el sacerdote y los ancianos y los zagales, todos descubrieron sus cabezas y todos se hincaron de rodillas con ardiente fervor, en la pradera. Media hora después, arrodillados de nuevo el sacerdote, los ancianos, los zagales y las zagalas, unos y otros con lágrimas de júbilo en los ojos, entonaban el Santo Dios en acción de gracias, porque el tesoro había parecido, pero el tesoro no era un montón de oro o de plata, germen las más veces de vicios y de crímenes, era un tesoro divino, era un símbolo de cariño, un manto de protección, que el cielo enviaba a los habitantes de aquel país, era la imagen de María Santísima milagrosamente encontrada en el profundo seno de aquella verde pradera.
Con efecto, si continuamos escuchando al moroso anciano, que sentado en el fogón de su cocina, relata con fe sincera esta historia, mientras calienta sus arrecidos miembros en un consolador fuego de roble o de encina, le oiremos decir, que a los pocos momentos de comenzar a cavar el fraile, sonó hueco, cavó un poco más y halló una cueva, al pie de aquella cueva de roca viva brotaba una fuente cristalina, cuyas aguas se sumergían en el seno de la tierra, y en el fondo de la misma cueva, fondo revestido de moho y salpicado de brillantes puntas de cristal de roca, descubrieron una imagen de María Santísima, con las manos cruzadas, con un manto de seda azul bordado de estrellas de plata, y con una corona también de plata. Como esta imagen se había aparecido en la pradera, el sacerdote y todos los que con él estaban, la saludaron a una voz, llamándola la
Virgen de la Pradera. La noticia de tan portentoso hallazgo, circuló rápido por las aldeas que pueblan aquel contorno, y de todas éllas acudían noche y día pastores y zagalas, labradores y labradoras a contemplar tamaño prodigio, a orar delante de aquella Virgen, junto a la cual nunca faltaban dos habitantes de Nieva, velándola, sin que estos permitieran que de otro punto subiese nadie a desempeñar su honroso cargo, aunque muchos a ello con repetidas instancias se habían ofrecido.
Autorizado el santo fraile por la superioridad, hizo saber desde el púlpito que se iba a construir una ermita, para colocar la imagen que aún continuaba en la cueva, esto mismo repitieron en varios pueblos los curas y párrocos desde los púlpitos de sus respectivas iglesias, sin que fuera necesario más para conseguir el objeto que se habían propuesto, pues de todas aquellas aldeas comenzó a llegar gente, ofreciendo presentes para la construcción de la ermita, mas los habitantes de Nieva, henchidos de un santo orgullo, nada quisieron recibir de nadie, y puesto que sólo ellos debían al cielo aquella gracia singular, ellos solos bajo la dirección del buen fraile, construyeron la proyectada ermita. La ermita fue sencilla, pero el amor con que la edificaron aquellos aldeanos fue grande, la fe sincera, y a semejanza del templo de Salomón, las jóvenes zagalas dejaban sus ganados paciendo a la ventura, y vestidas con sus trajes de gala, llevaban en las manos o en la cabeza las peñas con que se erigió el humilde santuario, y que hasta que se hubo concluido por completo, dejaron la imagen de la Virgen en su cueva, y que el día en que el santo varón la tomó en sus manos para colocarla en el altar, llenaron de tierra el hoyo, revistieron la ermita de flores, y todo el día celebraron fiesta en la pradera, bailando los zagales y zagalas de Nieva y pueblos comarcanos al son de las zampoñas y de las panderetas.
También se afirma por los ancianos de aquellas aldeas, que el santo fraile obtuvo permiso para no volver más al convento, y que construyendo él mismo una choza a la espalda de la ermita, se cerró en élla arrastrando con júbilo la austera vida de un anacoreta, y lo que es más notable, que la mañana misma en que el santo varón se cerró en la choza, que fue la siguiente a la que se consagró la ermita, brotó junto a élla, entre las yerbas de la pradera, una cristalina fuente, la cual se cree ser la misma, que manaba al pie de la cueva en que apareció la Virgen, por lo que los aldeanos llamaron desde aquel instante la fuente de la Virgen, con cuyo nombre se la conoce también en nuestros días.
La tradición no explica cómo concluyó el santo ermitaño, aunque los ancianos de aquella comarca piensan que moriría en su choza, que allí se convertiría en tierra su cuerpo, y que su alma la subirían los ángeles a la presencia de Dios.
Hoy se conserva la ermita con la imagen de María, las ruinas de la choza del ermitaño y la fuente de la Virgen. Las golondrinas penetran en aquel humilde santuario por las rejillas de la puerta, en la cornisa, que sostiene la pequeña bóveda, forman sus nidos, y nadie se atreve a derribarlos, porque dicen que las golondrinas quitaron las espinas a Cristo, y que el color azul de sus alas es el mismo color que el del manto de María.
Por último, muchos enfermos acuden de continuo a beber agua en la fuente de la Virgen, porque es opinión por nadie contradicha, que son varias las enfermedades que con élla se curan después de haber rezado una salve de rodillas dentro de la ermita.
Esta es la historia de la Virgen de la Pradera tal como la retienen los habitantes de aquel país. Nosotros hemos visto esta ermita, y su posición es pintoresca, la calma que allí reina, apacible, el canto de los pájaros, agradable, bellas y seductoras las rizadas nubes en primavera surcan aquel cielo.

Volvamos a los amores de Pedro y de Fernanda, o sea de los novios, según les llamaban en la aldea.
Llegó el mes de abril de 1835, mes que en Nieva aguardaban con terror, porque en él iban a celebrarse las quintas.
Todos o casi todos nuestros lectores sabrán que en la distribución provincial se hace el cupo de soldados, hay pueblos, que por su corto vecindario, no corresponde un hombre, sino un cierto numero de décimas.
Los diferentes pueblos que se hallan en este caso sortean sus décimas en la capital de la provincia, y el pueblo al que aquellas caen, asiste con un hombre en la contribución de sangre, mientras que los otros que con él jugaron las décimas, no asisten con nada. En este caso se encuentran cuatro aldeas distante una de otra media legua o tres cuartos de legua, a saber: Costas, Arancón, la Aldigüela y Nieva. A Costas corresponden tres décimas, a la Aldigüela otras tres, a Arancón dos y otras dos a Nieva, de modo que reunidas todas componen diez décimas o sea el cupo de un soldado.
El año que nos ocupamos, no había en Nieva otro mozo útil que Pedro, por manera que era excusado celebrar otro sorteo que el de las cuatro décimas, si las décimas correspondían a Nieva, Pedro iba soldado, Pedro llamaba la atención de la aldea, no sólo por la gallardía de su persona y noble y caritativo carácter, no sólo por ser el más rico del pueblo, sino también por hallarse novio y por la triste circunstancia de que entre él y su novia podría sembrar el dolor de la suerte, sino se les manifestaba propicia al jugar las décimas.
Comenzaba la noche del día 10 de abril. Aquel terrible día sorteaban las décimas de los mencionados pueblos en la capital de la provincia, y en el momento a que nos referimos, ardía un gran fuego de encina en el hogar de Fernanda, y en torno de este fuego se encontraban las siguientes personas. En un rincón Fernanda, tapada con el zagalejo, y derramando lágrimas, que de vez en cuando enjugaba con un pañuelo de algodón a cuadros azules, al lado de Fernanda, Pedro, sentado en un banquillo de pino, con ambos codos apoyados en las rodillas, y el rostro oculto entre las manos, continuando el circulo del fogón, seguía a Pedro la madre de Fernanda, sentada también en el suelo y cubierta con la saya en ademán triste a la manera de su hija, a su lado el padre de Pedro y al de éste el anciano cura de la aldea, que acomodado en otro banquillo, ocupaba el segundo rincón.

Cuatro morcillas estaban asándose en unas parrillas, dos gatos dormían junto a éllas abrían de vez en cuando los ojos y levantaban la cabeza al olor de la grasa, que derretida caía sobre las ascuas, y un candil, colocado en un alambre, que al efecto había de tiempo inmemorial en el cancel de la chimenea. El primero que rompió el silencio, fue el anciano sacerdote, que dijo:
-No hay que apurarse hasta ahora, señores, acaso Dios no separe de nosotros su diestra, quizá las décimas caigan a otro pueblo, y todo el dolor que nos agobia esta noche sea infundado.
-Yo, señor cura, respondió el tío Telesforo con acento de resignación, siempre me pongo en la peor, y las medidas que tomo, son siempre para atender a los lances más tristes.
-Esto es proceder con mucha prudencia, le interrumpió el sacerdote.
-Esta mañana he dicho a mi hijo, prosiguió el tío Telesforo, aquí está el que no me dejará mentir, que si quiere que le compre soldado, estoy dispuesto a ello, venderé toda mi hacienda, venderé hasta la última vaca, venderé la camisa que llevo si fuera necesario, y aunque luego tuviera que ir a pedir limosna, me consideraría muy contento a trueque de que él se quedará en casa, ya lo sabe, separarle de mi lado es arrancarme la vida, desde que murió su madre no estoy bueno, y si ahora se va él, será la última vez que le vea, porque yo, señor cura, demasiado lo conozco, estoy para pocos San Juanes.
El tío Telesforo se llevó a los ojos el pañuelo.
-Pedro es muy buen hijo, contestó el cura, y no permitirá que por él se quede su padre a pedir limosna, muchos han hecho su suerte en el servicio de las armas, y al que es bueno protege Dios en todas partes, tengo la seguridad de que si Pedro cae soldado, no permitirá, tío Telesforo, que usted se desprenda de un solo maravedí por él.
-No lo permitiré, no señor, contestó Pedro levantando la cabeza con el noble orgullo que inspira una buena acción, yo soy joven y mi padre anciano, para comprarme soldado tendría que vender todo lo que posee, y ¡cuánto sufriría el infeliz al pasar junto a sus eras, y pensar que no eran suyas! Y !cuánto sufriría al ver labrar sus yuntas de bueyes y pensar que tampoco eran suyas!
-Sí sufriría hijo de mi alma, sí, tienes razón, exclamó el tío Telesforo, más sufriría en eso tu pobre padre que si le arrancaran la vida.


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5

Por lo que hace María, pasaba la semana en el monte cuidando el ganado de Pedro, cuando le era posible iba a postrarse de rodillas ante la Virgen de la Pradera, y los sábados por la noche bajaba a su casa, dormía con su querida madre, lo que consideraba la pobre joven como una gran felicidad, oía misa el domingo, y tomando los comestibles, que los pastores llaman “el recado”, para toda la semana, se despedía de su madre con un abrazo y regresaba al monte. Pero lo extraño es que aquella zagala, cuya vida de deslizaba entre los arroyos y las flores del campo, veía marchitarse lentamente entre flores y arroyos la flor de su hermosura. Con efecto, María era otra cosa de la que al principio conocimos, había palidecido su rostro, había perdido el carmín de los labios, y la mirada de sus negros ojos, no era tan expresiva como en otro tiempo lo había sido. Con frecuencia lloraba sentada en las orillas de la fuente o bajo las verdes ramas de algún madroño, y en los momentos que no afluían las lágrimas a los ojos, cansados ya de llorar, cantaba tristes canciones que su madre le había enseñado en su niñez, pero su voz, dulce como la del ruiseñor, se perdía en el monte sin que nadie la escuchara, y nadie respondía a élla, nadie, sino el murmurio del céfiro y el trinar de las alondras.
Un sábado, pues, por la noche en que María entró en su cocina, y según costumbre se sentó en el fogón junto a su madre que la aguardaba impaciente, le dijo ésta, mirándola con atención al rostro y conociendo que hacía poco rato había llorado.
-Hija mía, deseaba que llegara este momento para darte muy amargas quejas.
-¿A mi madre? Exclamó María asustada, ¿por que?
-Porque hace tiempo estás ocultándome una pena que te oprime el corazón.
-Yo...
-Si, tú, hija mía, tú, tú sufres mucho, tú callas, y el dolor que te martiriza va consumiendo tu salud y tu hermosura, y el silencio que observas con tu pobre madre, despedaza mi alma.
María sentada en el fogón tenía la frente inclinada al suelo, y dos lágrimas como dos perlas luchaban por desprenderse de sus párpados.
-¿Por qué no dices a tu madre la causa de tu dolor? Exclamó la tía Ramona.
-Porque mi madre no puede consolarme, respondió María.
-Ya lo sé, hija de mis entrañas, ya lo sé.
-Pues entonces ¿por qué me reprende usted porque no la cuento mis penas?
-Porque conociéndolas yo, ya que consolarte no pueda, por lo menos podré sufrir contigo y sufriendo las dos te tocará a ti menos sufrimiento
La madre y la hija callaron un instante, y cada cual se limpió las lágrimas con el borde de su saya.
-¿Tú amas a un hombre? ¡Hija mía! Exclamó la madre ¿no es cierto?
-Sí señora, respondió María, más que las ovejas a la yerba de la pradera, más que a sus hijuelos aman las golondrinas que crían en la ermita.
-¿Y quién es ese hombre?
María exhaló un suspiro.
¿Quién es, hija mía?
-Pedro.
-!Pedro! Repitió la madre.
-Sí señora, el novio de Fernanda.
-¿Y no puedes olvidarlo?
-No puedo, respondió la zagala llorando, en el monte, en la ermita, en la pradera, en todas partes le veo, en todas partes le oigo, siempre va delante de mi, porque su imagen está en mi corazón.
-Pues hija mía, sufre y calla, porque si Fernanda llegara a traslucir la más mínima cosa, ya que sin saber por qué, te aborrece con sus cinco sentidos, sería entonces capaz de quitarnos el pedazo de pan que ganas para las dos, y gozaría en vernos pedir limosna de puerta en puerta, en vernos a las dos morir de hambre.
-Ya sufro, madre mía, ya sufro y callo, y nada quería decir a usted de esto, no era por falta de confianza en usted, era por sufrir yo sola.
-¡Sufrir y callar!... ésta es la misión del pobre sobre la tierra.
Pero si el pobre sufre con resignación, si calla con humildad, sus lágrimas harán brotar flores sobre su sepultura, y más allá de la tumba le aguarda un mundo sin fin, un mundo en que se ve a Dios cara a cara, y en que Dios sonríe ante los buenos, un mundo más perfecto y armónico que la tierra fugaz que hoy habitamos, un mundo en que no impera el malvado, un mundo en que la virtud recibe eterno premio.
Excusado será advertir, porque muy bien lo saben nuestros lectores, que los soldados, y más cuando están en guerra, apenas pueden escribir a sus familias, por lo tanto, el tío Telesforo había recibido muy pocas cartas de su hijo, pero todas éllas respiraban entrañable cariño hacia su padre, amor hacia su Fernanda, y gran afecto hacia sus paisanos, hacia la casa en que había nacido, y hacia los montes y los valles en que se había criado. En la aldea se leían con gusto estas cartas, y a éllas contestaban unas veces el tío Telesforo y otras veces Fernanda.
A principios del año 1838, esto es, casi tres años después de haber marchado Pedro al servicio de las armas, se supo en Nieva por noticias recibidas de la capital de la provincia, que entre carlistas e isabelinos iba a darse una sangrienta batalla, en la que tomaba parte cabalmente el regimiento de Pedro.
Esta noticia alarmó a la aldea, pero a quien llenó de verdadera consternación, fue al infeliz tío Telesforo, que cada día que pasaba sentía más y más la ausencia de su hijo y por grados iba perdiendo salud.
Sumergido aquel anciano en el dolor más profundo, se puso la anguarina de paño pardo, cubrió su blanca cabeza con una montera de piel de raposa, y empuñando el cayado, salió de la casa, porque en casa le agobiaba la melancolía. A ninguna parte podía dirigirse mejor aquel pobre hombre en el estado en que se encontraba, que a casa de la novia de su hijo. Allá encaminó sus pasos, y cuando entró en la cocina, halló sola a la tía Isabel, limpió con una arpillera un banco y lo colocó junto al fuego, sentándose en el cual el afligido anciano, y dejando a su lado el cayado, dijo con voz lastimera: -¿Ya sabrá usted Isabel lo que ocurre?
-Y tanto como lo sé Telesforo, pero ¡cómo ha de ser! No tenemos otro remedio los que aquí estamos, que rogar a Dios que salga bien de esa batalla.
.-¡Es verdad! No tenemos otro remedio que rogar a Dios, pero Dios me ha tocado en el corazón diciéndome que ya no veré más a mi hijo, porque el pobre morirá en esta batalla.
-Quite usted de ahí, exclamó la tía Isabel, eso es ofender a la providencia, las desgracias no deben sentirse hasta después de haber ocurrido.
-Después de haber ocurrido las siente todo el mundo, mas un padre las siente antes de ocurrir. ¡Hijo de mi alma! Exclamó el anciano cubriéndose el rostro con un pañuelo de algodón.
Sentada en el suelo la tía Isabel junto al tío Telesforo, trataba de distraerlo con consoladoras palabras, mas era inútil, aquel anciano sufría mucho.
-¿Donde está Fernanda? Preguntó luego levantando la cabeza, cuando la veo me parece que veo a mi Pedro.
-Mi Fernanda, la pobre, respondió la tía Isabel con gazmoñería, se ha afligido en tales términos al recibir la noticia de la batalla, y ha llorado tanto, que me he empeñado en que saliera un momento a divertirse.
-!Bien hacen las jóvenes de divertirse! Exclamó el tío Telesforo.
-Élla no quería, repuso su madre, pero al ver que de tal manera la ahogaban las lágrimas y los sollozos, se lo he mandado yo terminantemente, por evitar una nueva desgracia.
El tío Telesforo exhaló un suspiro, empuñó el cayado y se levantó.
-¿Donde va usted tan pronto? Preguntó la tía Isabel.
-Voy a ver a los criados, que están labrando a la otra parte del monte.
-¿Quiere usted tomar algo?
-Gracias, no tengo gana.
-Un par de chorizos asados.
-No, no.
-Voy a sacar una pierna de liebre en cecina para que se la lleve usted al campo, ¿eh?
-Nada, Isabel, no tengo gana de nada.
-Pues se la guardo a usted para cuando usted vuelva a la noche.
-Bueno, adios.
-Vaya usted con Dios.
El tío Telesforo salió a la calle, y al cruzar el pueblo vio en la plazoleta de la Iglesia a Fernanda muy de algazara, tocando la pandereta con dos zagalas jóvenes que cantaban a la vez, y lanzando un suspiro el angustiado anciano murmuró para si: -¡Que distinto es el amor que una novia profesa, al amor que profesa un padre!
Para ir desde la aldea al punto donde se dirigía el tío Telesforo, era indispensable pasar por la Virgen de la Pradera. Cuando aquel anciano llegó a la cumbre del monte, dobló una colina, y entrando en el prado en que se levanta la ermita, descubrió su ganado apacentando, mas le extrañó no poco verlo solo, y aunque tuvo que desviarse algo de su dirección, se encaminó hacia él. El mastín corrió, meneando la cola, hacia el tío Telesforo, pero como lo conoció desde lejos no lanzó ni un ladrido. Admirado cada vez más de no encontrar a la zagala con el rebaño marchaba el tío Telesforo, cuando acercándose a la ermita, vio la puerta abierta, miró con cautela, y descubrió a la zagala, esto es, a la pobre María, arrodillada en las gradas del presbiterio, con las manos cruzadas en el pecho y la cabeza inclinada al suelo. Este cuadro conmovió al tío Telesforo, pero más aun cuando levantando la frente la zagala, exclamó con voz ahogada por los sollozos:
-Santísima Virgen, si sacais con vida a Pedro de la batalla en que va a entrar, yo os ofrezco venir todos los días a hacer oración de rodillas delante de vuestro altar.
El tío Telesforo, que estaba predispuesto a recibir impresiones tiernas, se conmovió hasta el punto de verter dos lágrimas, y sintió un vivo agradecimiento hacia aquella hermosa joven, que tanto se interesaba por su hijo. Apartándose entonces un poco de la puerta de la ermita, donde continuaba asomado, principió a dar gritos al mastín para que María le oyera, sin apercibirse de que había escuchado su oración. Con efecto, así que María le oyó, salió azorada de la ermita, y acercandose a él, le dijo con tímida voz:
-Usted por aquí, tío Telesforo...
-Si, María, contestó el tío Telesforo, ¿que hacías?
-He entrado a la ermita nada más que un momento.
-Bien haces, María, de entrar en la ermita, y no temas que mientras estés haciendo oración, suceda nada malo al rebaño, ya sabes que el señor cura ha dicho más de una vez desde el púlpito, que cuando San Isidro abandonaba la yunta de bueyes para irse a orar en el templo, bajaban los ángeles del cielo y labraban por él.

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6

María se sonrió al observar que no había caído en el descontento de su amo, y después de algunas palabras de cariño, que le dirigió el anciano, se despidió éste y marchó en busca de sus labradores. Aquella misma noche escribió el tío Telesforo a su hijo una carta, toda la cual rebosaba sentimiento, en élla le hablaba de su novia, de sus vecinos, de sus criados, y hasta de su mastín, e insertaba al fin este párrafo: “Yo estoy muy enfermo, probablemente ya no me verás más, y por lo tanto te encargo con empeño, que si Dios quiere sacarte con bien de la batalla que se prepara, y de otras muchas en que tendrás que entrar, y si Dios quiere traerte bueno a la casa en que naciste, y de la que has salido para desgracia de tu anciano padre, no olvides nunca, ni nunca desampares a la pobre María, a la zagala de nuestro rebaño, porque yo con mis propios ojos la he visto de rodillas delante de la Virgen de la Pradera, y con mis propios oídos la he oído hacer oración por ti, y un buen cristiano, hijo mio, antes de todo, debe ser agradecido”

Digamos en pocas palabras, para no molestar demasiado la atención del lector, y para marchar ligeros al desenlace de esta historia, que la profunda melancolía agobiaba al tío Telesforo, provenía de lesión en el hígado, cuya enfermedad había sido engendrada por el gran sentimiento que experimentó al marchar su hijo de la aldea. Pues bien, esta enfermedad se agravó considerablemente cuando se recibió la noticia de la terrible batalla en que iba a entrar el regimiento en que servía Pedro, y antes de que se supiera el resultado de dicha batalla, expiró el tío Telesforo un domingo por la mañana, después de haber recibido con ardiente fe todos los auxilios de nuestra Santa Iglesia, y bendiciendo a su hijo y a cuantas personas le rodeaban en aquellos últimos sublimes momentos.
La muerte del tío Telesforo fue muy sentido en la aldea, y de ello dieron prueba sus paisanos, no trabajando nadie el día en que falleció, y acompañando todos con profundo respeto su cadáver al cementerio.
Como la boda de Pedro y Fernanda era una cosa incuestionable, creyó, y con razón, el tío Telesforo, que nada podía hacer más acertado que nombrar por administradora de sus bienes a la tía Isabel, hasta que Pedro regresara del ejercito, cuya medida realizó dos horas antes de expirar, delante del sacerdote y de tres testigos más. De todo esto enteraron inmediatamente por escrito a Pedro.
El mismo día que dieron sepultura al cadáver del tío Telesforo, y mientras, según poco antes de expirar lo había ordenado, se repartían limosnas a los más necesitados del pueblo, en vez de socorrer también con estas limosnas a la tía Ramona, madre de María, a quien hacía tanta falta o más que cualquier otra, no sólo por el estado de indigencia en que se encontraba, sino también por hallarse casi completamente baldada hacía algunos años, le comunicaron la orden de que desde aquel mismo instante quedaba despedida María de la casa, por lo cual podía buscar otra manera de vivir.
El lector comprenderá la amarga sensación que tal noticia produciría en el alma de aquella pobre mujer. Levantando los ojos y las manos al cielo, imploró la protección de Dios, y dijo que perdonaba a Fernanda, y no se equivocó la desgraciada en perdonar a Fernanda suponiéndola autora de tan negro proceder, porque esta joven anhelaba tiempo hacía ver pedir limosna a la pobre María, y no habiendo podido conseguir que el tío Telesforo la arrojara de su casa mientras el vivió, lo verificó élla el mismo día o al día siguiente de expirar aquel. Cuando María recibió la fatal nueva se quedó inmóvil en el sitio y luego se echó a llorar amargamente, pero no tuvo que pedir limosna de puerta en puerta, como Fernanda deseaba, porque se dirigió a Calderuela, y en seguida fue admitida de zagala en una horrada casa de labradores.
Calderuela es una aldea de ochenta vecinos, que dista legua o legua y media de Nieva, y así como Nieva se levanta en la falda oriental de la cordillera de montes, que vela con sus cumbres la ermita de la Virgen de la Pradera. Calderuela se levanta en la falda occidental de la misma, mas no por eso era posible a María subir con tanta frecuencia a la ermita de la Virgen, porque como los pastos que la rodean pertenecen a la jurisdicción de Nieva, no se permitía entonces, ni se permite hoy, apacentar en élla los rebaños de Calderuela. Sin embargo, María se escapaba cuantas veces tenía ocasión, a orar en la ermita, pero al descubrir de lejos el rebaño de Pedro, que siempre había conducido élla, padecía mucho, y aun padecía más cuando al reconocerla el mastín corría hacia élla, le brincaba al pecho y le lamía el rostro y las manos, deshaciéndose en caricias el pobre animal. Entonces se representaba a la pobre zagala con más energía el tiempo que pasó, y en memoria de aquel tiempo feliz, derramaba abundantes lágrimas de dolor.
También padecía mucho nuestra joven, cuando dos veces al mes iba a Nieva y cruzaba por delante de la casa de Pedro, donde ya no vivían ni Pedro ni su padre, y sobre todo, cuando la infeliz apuraba la copa de la amargura, era cuando llegaba a su miserable choza, y encontraba a su madre cada vez más enferma y cada vez más triste por hallarse apartada tan largo tiempo de su entrañable hija.
Mientras tanto Fernanda estaba muy contenta y muy risueña de manejar ya los bienes de su novio, y de haber echado del pueblo a María, a quien despreciaba, y sin embargo, a quien temía, sin saber en que fundar aquel temor.
Pasado algún tiempo, escribía Pedro a Fernanda, manifestándole a su manera la intensa pena que le había producido la muerte de su padre, y diciéndole a la vez, que gracias a Dios había salido sin novedad de la batalla que se dió entre carlistas e isabelinos.
Estos son los principales sucesos ocurridos en Nieva, durante los tres primeros años que siguieron a la entrada de Pedro en el servicio de las armas.

Una rigorosa tarde de enero, veinte días después de haber fallecido el tío Telesforo, se presentaron en la aldea dos soldados de infantería y dijeron al alcalde que preparara alojamiento para una compañía de cazadores que llegaba antes de oscurecer. La entrada de tropa en los pueblos pequeños, siempre es un gran acontecimiento, que aterra a unos, que alegra a otros, que a las muchachas da esperanza de alguna conquista amorosa, etc, pero en la aldea de que nos ocupamos, produjo la noticia un verdadero asombro, porque eran rarisímas las veces que militar alguno pisaba aquel suelo.
Las pastoras enviaron un recado a las zagalas, que cerrasen pronto los rebaños en las majadas y fueran éllas a recogerse a casa, las madres prohibieron a sus hijas salir a la calle hasta que la tropa desalojara el pueblo, el cura mandó al sacristán que encendiera la lámpara del presbiterio, que la llenara de aceite y cerrara con llave el templo, en una palabra, el pueblo entero tomó precauciones como si se dispusiera a atravesar uno de esos momentos críticos, en que al albur del acaso se juega la felicidad o la desgracia.
La noche comenzó a tender su melancólico crespón sobre la naturaleza, el cielo estaba azul, y un frió intensísimo se dejaba sentir, cuando de repente se escuchó en la entrada de la aldea el bélico sonar de los tambores, que entraban tocando la marcha francesa. Ni un alma había en la calle, pero todos los aldeanos, todos sin excepción, se hallaban asomados a las ventanas, mirando extasiados como marchaba en dirección a la plaza la compañía de los soldados, que a ellos les parecía llevar más gente, que la que en realidad lleva un batallón. La compañía formó en medio de la plaza, donde se les repartieron los boletas, y allí sucedió lo que sucede siempre en tales casos, que poco a poco fueron familiarizándose con los soldados los aldeanos, al principio miraban su uniforme y armamento de lejos, luego más de cerca, luego trabaron conversación con ellos, acabando por hacerse muy amigos unos de otros, los soldados porque los infelices aldeanos les brindaban con cuanto tenían, y los aldeanos porque los truhanes soldados les embaucaban con la relación de maravillosas proezas, la mayor parte falsas, pero que cada cual aseguraba haberle sucedido a el mismo en la guerra.
Cuando oscureció por completo, todos los militares se encontraban ya recogidos en sus respectivos alojamientos.
Si el lector o lectora, que oído prestan a la narración de esta historia, se hallan bastante desocupados para acompañarnos un momento, presenciaremos juntos las escenas que aquella noche ocurrieron en casa de Fernanda.
Habían dado ya las ocho, en el fogón ardía una hermosa lumbre de encina, que chispeante iba a perderse su llama por el ancho cañón de la chimenea, y colgado en la canal de ésta, derramaba clara luz un corpulento candil. Sentadas en los dos rincones estaban Fernanda y su madre, junto a la última, dormitaba en un banquillo un pastor dependiente de la casa, y completaban el círculo dos soldados, que les había correspondido en alojamiento.
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7

Pocos días hacía que en la casa de Fernanda habían muerto un cerdo, por lo cual cruzaban a lo largo de los techos de la cocina, dos varas cubiertas de punta a punta de rastras de chorizos, y entornaban el borde de la chimenea muchas y gruesas morcillas, colgadas allí para que el humo las fuera secando poco a poco.
Temerosas Fernanda y su madre de quedarse solas en casa aquella noche con dos militares, llamaron al pastor que junto a éllas dormitaba para que las hiciera compañía. Pocas palabras habían cruzado hasta entonces con los militares, guardando por su parte una meticulosa reserva, y aunque ellos habían dejado arrimados a la cántara los fusiles y la fornitura con la franqueza que pueden y deben tener los soldados en su alojamiento, tampoco habían manifestado gran empeño en trabar conversación con sus patronas, antes al contrario, el uno hizo un gesto al otro de disgusto mirando a Fernanda, como si quisiera decirle que valía poco aquella muchacha, y el otro le contestó guiñándo el ojo hacia las varas de chorizos, como si se tratara de hacerle comprender, que era forzoso tomar por asalto aquella plaza, pero la suerte vino a darles de buen grado lo que ellos estaban resueltos a tomar a viva fuerza como se verá por el siguiente diálogo que al fin se cruzó entre militares y patronas y que fue animándose por grados:
-¿Ustedes los militares, dijo la tía Isabel, serán todos de lejanas tierras?
-Si señora, respondió el uno, de mu lejanas, el señó, onde osté lo vé, es de Aragón, y un selvior de la tierra é María Santísima.
-¿Cuál es la tierra de María Santísima? Preguntó Fernanda.
-La Andalusía, patrona, contestó el mismo soldado.
-No lo sabía, dijo Fernanda.
-Por eso dicen, añadió su madre, que cada día se aprenden cosas nuevas.
-Es una verá, repuso el militar.
-¿Como se llaman ustedes? Tornó a preguntar la tía Isabel.
-El señó se yama Andrés, a un selvior le pusieron en la pila cuando lo bautisaron Paquiyo.
-¡Qué nombre tan bonito! Exclamó Fernanda.
-¿Bonito, eh? Pues sepa osté, señora, que aquí onde osté vé, este chavo es mu capas al regorver una esquina de ejar seco de un trabucaso á toitico un hombre.
-¡Jesús! Exclamaron a la vez la madre y la hija asustadas.
-No haiga cuidiao, patronas, dijo con gachonería, que con ostees naide se mete, es disir, que aquí estamos toos pa bien, naide pa mal.
-Digan ustedes señores militares, preguntó la tía Isabel después di dirigir a su hija una mirada de inteligencia, ustedes conocen acaso, porque los militares que sirven en un mismo partido, es regular que se conozcan unos a otros...
-¿Por quién pregunta osté? La interrumpió Paquiyo.
-Pregunto... por un soldado, que hace tres años salió de este pueblo para el servicio.
-¿Como se yama ese sordao?
-Pedro.
-¿Como se yama su padre?
-Se llamaba Telesforo, pero murió hace poco.
-¿Cuidaba ganaos el tío Telesforo?
-No señor, era labrador.
-Pues... lo mismico da, quio isir que tenía yuntas de bueyes.
-Si señor, justamente.
-Pu si señora, le conosco, dijo el truan de Paquillo, y éste también le conose.
-¿Los dos le conocen ustedes? Gritaron muy animadas la tía Isabel y su hija.
-Yo no señora, contestó el aragones.
-¿Cómo que no? Gritó el andaluz y guiñándole el ojo izquierdo: ¿con que no conoses á Periquiyo, al hijo el tío Telesforo?
-A ese sí, respondió el aragonés, acostumbrado a seguir las farsas del andaluz.
-Pus no te isen á otro camaraa, repuso Paquiyo.
Pero Paquiyo, que era un soldado reenganchado, granuja en sus primeros días, tambor después, después ranchero, y siempre más corrido que una liebre a quien no hubieran podido dar alcance diez veces los galgos, no conocía ni por asomo a Pedro, mas conoció la clase de relaciones que con Periquiyo unian aquellas inocentes mujeres, y trató de sacar partido del incidente que la fortuna le deparaba.
-¿Con qué le conocen ustedes? Repitió la tía Isabel llena de gozo.
-¡Mire usted qué casualidad! ¡conocer a Pedro estos señores militares, y alojarlos en nuestra casa! Repuso Fernanda.
-¡Ahí verás! Contestó la tía Isabel, ¡estaba de Dios!
-Pu el tal Periquiyo, dijo Paquiyo con gazmoñería, está un chavó ¡chachipé! Que si se echara como yo, a camelá jembras, ya habría que jablar dél
-¿Pues qué ocurre? Preguntó la tía Isabel sorprendida.
-Naa, patrona, que Periquiyo está un buen moso, pero un moso esavorio pa toas las hijas de Eva, que no sean su gachona.
-¿Ha hablado a ustedes alguna vez de su novia? Preguntó Fernanda sonriéndose sin querer.
-No sabe jablar de otra cosa, jabla tú camaraa, prosiguió volviéndose hacia el aragonés.
-Chio, contestó el aragonés, lo mismo puedes decir tu que yo, que siempre está diciendo que su novia es la moza más cabal de su pueblo, y que tiene...
-Pue... mucho parné, le interrupió el andaluz.
-Y que está esperando cumplir para venir a casarse.
-Poique ise que no ha encontrao en toa la reondes é la tierra, una jembra que se pueda comparar con su jembra.
-¿Eso dice? Exclamó la tía Isabal.
-Eso ise y argo mas.
-¡Pobre Pedro! Murmuró Fernanda.
-Y cuando tooiticos esos dise, al fin, como ca uno es ca uno, y ca uno tiene su alma en su almario, se nos güerve á toos la saliva jalea la escucharlo.
-Pues que distantes están ustedes, señores militares de una cosa, repuso la tía Isabel sonriéndose con orgullo.
-De los chorisos, dijo por lo bajo el andaluz al aragonés.
-¿De qué patrona? Prosiguió luego en alta voz.
-¿Lo digo? Preguntó a Fernanda la tía Isabel sonriéndose.
-No señora, contestó Fernanda, haciéndose la melindrosa.
-Si, hija mía, voy a decirlo.
-No lo diga usted.
-¿Que quie isir too eso? Preguntó con fanfarronería Paquiyo.
-Nada, señor militar, contestó la tía Isabel, que la novia de Pedro, a quien ustedes llaman Periquiyo, es esa señorita.
-¿E vera?
-¿Es verdad.
-¡Chachipé! Ma ha ejao uzté esguasnio.
-¡Que buena hembra! Exclamó el aragonés.
Fernanda hizo que se incomodaba y ocultó el rostro con el pañuelo.
-Resalaa, gritó Paquiyo, no esconda uzté esa cariya é sielo, que er sol lo ha jecho Dios, paque toitico er mundo lo mire.
-Ustedes dispensen, dijo la tía Isabel, pero la pobre, como no está acostumbrada a esas cosas, le causan vergüenza.
-Vergüensa der mal obral, patrona, replicó el andaluz.
-¡Qué razón tiene Periquiyo, exclamó el aragonés, cuando jura y perjura a todos sus amigos, que no ha hallado una muchacha tan guapa como su novia!
-¿Si tiene rason? Exclamó el andaluz, más que un sordao cuando se queja de jambre.
-Pues aquí no tienen ustedes que quejarse de hambre, le interrumpió la tía Isabel, vamos a cenar pronto y se les quitará.
-Si, vamos, continuó el andaluz, camaraa prosiguió dirigiéndose al aragonés, saca la raision.
-Qué ración ni qué ocho cuartos, replicó la tía Isabel levantándose: ¿con qué siendo ustedes tan amigos de Pedro, o Periquiyo, y hallándose ustedes en casa de la novia, iban a pasarse con la ración? ¡Bah! No faltaba otra cosa, esta noche cenarán ustedes con nosotras.
-Gueno, patrona, si uzté se empeña tanto, le daremos gusto. Ya nos isia er, que la madre é su jembra era mu campechanas.
-Lorenzo, dijo la tía Isabel al pastor que hacía rato había quedado completamente dormido, alcanza cuatro rastras de chorizos, y tú Fernanda pon una sartén en la lumbre, mientras yo cojo cinco morcillas, ea, listos, que ya que no pueda cenar con nosotros el pobre Pedro, que cenen sus amigos.
-Si señora, contestó el andaluz, y muy amigos que semos y mu camaraas.
En dos palabras, una hora después se alzaba en medio de la cocina una mesita de pino con blanco aunque burdo mantel, en torno de aquella mesa se encontraban sentados la tía Isabel, Fernanda y los dos soldados. El pastor Lorenzo servía la cena, cuya cena consistió en una buena tartera de sopa de aceite (el andaluz dijo que le daban flato las sopas) cuatro rastras de chorizos a seis cada una, cinco morcillas y un buen jarro de vino. Aquella reunión cenó mucho y con placer, y durante la cena Paquiyo dirigió zalameras flores a Fernanda, pero siempre en nombre de Periquiyo, nunca por su propia cuenta. Así que acabaron de cenar dijo Periquiyo:
-¿Sabe usted patrona que en nuestra compañía jay cuatro chavos de temple, que conosen mucho a Periquiyo, y se alegrarían de conoser también a ustees?
-Pues que se vengan mañana por aquí, yo también tendré gran satisfacción en conocerlos, basta que sean amigos de Pedro o Periquiyo.
-Aunque yo parta mi armuerso con ellos, les diré que se vengan a armorsar.
-No hay necesidad de partir el almuerzo con ellos, repuso la tía Isabel, que gracias a Dios para todos habrá abundante.
Grasias, patrona, la verá ise Periquiyo, que es usté mu campechana, yo onde usté me ve, he recorrio ya siete veses toitico er mundo, es desir, toitica la España, y nunca i tropesao con una patrona como usté.
Transcurrido un cuarto de hora se recogieron en dos aposentos contiguos los soldados y las patronas, durmiendo Lorenzo en la cocina
-La mañana siguiente celebraron en casa de Fernanda un espléndido almuerzo, en el que se despacharon a su gusto los seis militares, allí devoraron rastras de chorizos, morcillas y grandes tajos de jamón, allí cantaron seguidillas, plañieras, y colmaron de piropos a Fernanda, que no cabía en su piel de satisfecha. Por fin, sonó el tambor tocando llamada, los soldados se despidieron con mucha zambra de la tía Isabel y de Fernanda, estas inocentes mujeres les encargaron repetidísimas expresiones para Pedro, y los truhanes de los militares les ofrecieron con socarronería dárselas tan luego como le vieran. Marchó la compañía, y en el pueblo se habló mucho y con mucho entusiasmo de la aventura ocurrida en casa de Fernanda, y mucho se alegraron todos los aldeanos de saber que Pedro continuaba sin novedad. Por supuesto que los cuatro soldados que almorzaron en casa de la tía Isabel, conocían a Pedro o Perico, lo mismo que el aragonés y el andaluz, quienes jamás le habían visto, pero gracias a este ardid y al simple candor de Fernanda y su madre, almorzaron aquellos mejor que lo habían hecho en toda su vida.

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8

Jesús, María y José, exclamaron a la vez la tía Juana y la tía Petra santiguándose aturdidas, no pises, muchacha, una medalla de la Virgen Santísima, que no puede acontecerte nada bueno.
-Que me acontezca lo que quiera, gritó aquella joven desesperada, no quiero medalla, ni militares, ni Pedro, ni nada, nada... ¡que se lo lleve todo el demonio!
-No jures, mujer, le decía la tía Petra aterrada, que en casa del jurador no lucirá nunca el sol.
Fernanda se dejó caer sobre un banco y lloraba de rabia, y de rabia pateaba y se arrancaba los cabellos a puñados. Entonces enjugándose las lágrimas la tía Isabel, dijo haciendo un gesto de ira:
-Yo os aseguro que al primer soldado que trate de entrar en mi casa, le espera buena.
-¡Desolapados! Gritó Fernanda.
-Le tiro un banco a la cabeza, continuó la tía Isabel, que bien han compuesto el enredo.
-Si son unos granujas todos los militares, repuso la tía Juana.
Entonces entró el la cocina el pastor Lorenzo, y cuadrándose en jarras, y mirando las varas de chorizos, mientras meneaba la cabeza con despecho, exclamó:
-¡So pillos! ¡so tunantes! Pues no es nada lo que se han llevado.
-¿Qué dicen por ahí las gentes? Preguntó la tía Isabel.
-Qué han de decir, señora, que qué lástima de cerdo el que mató usted el otro día, para que se lo coman esos tumbarrones.
-¿Todo el pueblo sabe lo que me ha pasado?
-Todo el pueblo, hija, contestó la tía Juana.
-¿Que ha de hacer sino saberlo, repuso muy amostazado Lorenzo, si han estado repartiendo esos tunantes en medio de la plaza los chorizos y las morcillas?, al bribón de Paquillo le ha tocado el medio jamón que enviaba usted a Pedro.
-Permita Dios que se le vuelva soliman en el estómago, gritó Fernanda.
-¡Y como se reía el pícaro cuando lo metía en la mochila! Añadió Lorenzo.
-Juro por lo que más quiero en este mundo, romper la cabeza al primer militar que trate de entrar en mi casa.
-No jures, Isabel, le dijo la tía Juana, que siempre los juramentos se vuelven contra quien los echa.
-Que se vuelvan contra quien quiera, respondió la tía Isabel enfurecida, reniego esta mañana hasta de mi existencia.
Entonces la tía Petra cogió la medalla de la Virgen, que aún estaba en el suelo, y se la entregó a Fernanda, pero Fernanda sin hablar palabra, la tiró por la ventana.
Con efecto, la tía Isabel y su hija se hallaban convertidas en unas harpías, orgullosas por naturaleza y acostumbradas a mandar en el pueblo, sin que nadie les contrariara su voluntad, no podían sufrir la terrible burla que les habían hecho pasar aquellos militares, pero lo que más irritaba a la madre y a la hija, no era precisamente que Pedro no les hubiera enviado la visita, sino que la broma se hubiera hecho pública, y que estuvieran las dos siendo la mofa del pueblo. Y en verdad, toda la aldea se encontraba enterada de lo sucedido, y aunque aquellos humildes habitantes callaban en público, todos se reían de puertas adentro del bien merecido chasco que habían recibido la tía Isabel y su melindrosa hija.

Nada hemos dicho de Pedro desde que salió de su aldea para entrar en el ejército. Las almas nobles son valientes sin ser fanfarronas, y esto es lo que sucedía a Pedro. Nunca Pedro hacía alarde de su valor, aunque cuando llegaba el caso manifestaba tenerlo, nunca buscaba temerariamente el peligro, pero cuando la suerte se lo ponía delante, lo arrostraba con serenidad, y en esos momentos críticos, por los que el soldado pasa con frecuencia en las batallas, siempre pensaba Pedro en el honor que había que sacar ileso, nunca en que tenía una vida que podía perder. Este carácter de nuestro joven, que se desarrolló prodigiosamente entre el silbido de las balas y el estruendo del cañón, le hizo muy considerado entre sus compañeros, y muy querido de sus jefes, con especialidad de su comandante, quien llegó a depositar en él toda su confianza. Su comandante lo llevaba consigo en los alojamientos, a su lado lo tenía en los combates, y le dispensaba toda clase de atenciones, a las que Pedro correspondía con un cariño sin límites. Muchas veces le había propuesto el mencionado jefe ascenderlo, hacerlo cabo, para luego subirlo a sargento y elevarlo algún día a oficial, (lo que no debe sorprender a los oficiales de hoy, pues se encontraban en la sangrienta guerra civil). Mas Pedro no aceptaba estos ofrecimientos, porque no anhelaba sino cumplir pronto y regresar a su aldea, a la que amaba con delirio, y de la que ni un solo momento había dejado de acordarse.

Al comenzar la batalla, cuya noticia alarmó tanto a los vecinos de Nieva, entregó a Pedro su comandante un paquetito de oro, diciendole:
-Ahí van doce mil reales, si muero en el combate, mis parientes ya distribuirán mi hacienda, que es considerable, guarda tú ese dinero para ti.
Y como si aquel valiente militar hubiera presentido su desgraciada suerte, en las primeras guerrillas que se desplegaron, cayó herido por una bala, que le atravesó el pecho, expirando a los pocos momentos en los brazos de Pedro. Concluyó la batalla, de la que Pedro salió ileso, y encontrándose éste con doce mil reales en su poder, lo primero que pensó fue pagar un sustituto y regresar él a su aldea, que era lo que formaba todas sus delicias. En muy poco tiempo arregló este negocio, puso en caja el sustituto, que le costó ocho mil reales, y hallándose con cuatro mil y la licencia absoluta, rompió la marcha hacia su pueblo, loco de contento y animado con la esperanza lisonjera de casarse enseguida con Fernanda. Esta inesperada ventura, que su alma gozaba, la atribuía él a la protección, que con permiso de Dios, le dispensaba su padre desde el cielo.
Si volvemos a tender la vista por la aldea, esto es, por Nieva, encontraremos a Fernanda y su madre blasfemando de ira y avergonzadas a la vez, del solemne chasco que les dieron los cuatro soldados, y como si a propósito hubieran buscado los diabólicos militares el medio de herir de la manera más punzante el orgullo de aquellas dos mujeres, fueron refiriendo el chascarrillo por las aldeas vecinas, y de muchas de éllas acudieron a Nieva algunos labradores conocidos de la tía Isabel y de su difunto esposo, a preguntar si era cierto lo que los soldados habían contado, y como ni la tía Isabel ni Fernanda podían negarlo, una y otra ardían en furor, pero Fernanda abrigaba tan depravadas intenciones, que llegó a decir, que sin duda alguna incitaría a los soldados para que hicieran aquella mala partida, la tía Ramona, la madre de María, envidiosa de que en su casa jamás había habido ni un chorizo ni una morcilla. No sabemos si la tía Isabel creyó o no la especie que vertió su hija, mas aparentó creerla, y una y otra insultaban tanto desde su balcón a la pobre tía Ramona, que la infeliz tomó llorando la resolución de abandonar la aldea, si tan crueles insultos no cesaban en dos días, y enferma, como se hallaba, irse de pueblo en pueblo a pedir limosna.
Semana y media había transcurrido desde el pesado bromazo que Paquillo dio a la tía Isabel, la tarde a la que nos referimos, habían insultado de gana la madre y la hija a la tía Ramona, pero llegó la noche y la aldea reposó en sepulcral silencio.
A las doce de la noche, cuando nada daba señales de vida en aquel miserable pueblo, cuando las estrellas brillaban con ese fulgor propio de invierno, y cuando el frío se dejaba sentir de una manera insufrible, entraba un soldado licenciado por las calles de Nieva. Aquel soldado era Pedro, que ganoso de llegar al pueblo en que nació, no había querido esperar el día, y que por el gusto de dar una agradable sorpresa a Fernanda y a sus amigos, nada escribió ni de su llegada, ni de lo ocurrido con el comandante.
Pedro entró afectado en su pueblo, miró con tristeza la casa de su padre, donde él nació y donde siempre había vivido, y se dirigió a casa de Fernanda, mas en verdad ignoraba lo prevenidas que Fernanda y su madre estaban contra los militares. Al tiempo de llamar a la puerta, palpitábale a Pedro el corazón, mas por último, pegó dos golpes a los que nadie respondió, sino un mastín, que con profunda voz comenzó a ladrar en una casa inmediata. Pedro pegó otros dos golpes, y entonces se abrió un ventanillo y asomó la cabeza la tía Isabel, abrigada con un mantón.
-¿Quién llama? Dijo. Y el pobre Pedro, con la intención de dar más fuerza luego a la sorpresa, contestó:
-Patrona abra usted a un militar.
-Militares en mi casa, gritó la tía Isabel como herida por un rayo, vaya usted con la música a otra parte.
-Que soy Pedro, replicó éste.
-A tu abuela con esa, volvió a gritar la tía Isabel.
-Abra usted tía Isabel, gritaba Pedro atónito.
-No hay tía que valga, señor militar.
-Señora, que soy Pedro.
-Soldado, ladronazo como todos, es lo que serás tú. No está el horno para roseas.
-Abra usted y no sea usted tonta, exclamó Pedro admirado de lo que le pasaba.
-Hijo mío, a puerta cerrada el diablo se vuelve.
-Pero, ¿que es lo que usted dice?
-Que no nos da la gana de abrir, gritó Fernanda desde dentro, y la tía Isabel cerró la ventana de golpe.
Entonces se abrió con mucho cuidado la puerta de la tía Ramona, y sacando ésta la cabeza, dijo en voz baja:
-Pedro entra.
-¡Tía Ramona! Exclamó con voz de cariño Pedro, dirigiéndose a élla.
-Calla y entra, repitió la tía Ramona.
Pedro entró, y la tía Ramona cerró la puerta muy quedíto.

Sentados Pedro y la tía Ramona a derecha e izquierda de un mal fogón, donde a pesar del frío que se dejaba sentir, no había más que un montón alto de ceniza y tres o cuatro ascuas, dijo la tía Ramona: -Pedro hijo mio, ¿tienes hambre?
-No señora, contestó Pedro.
-Me alegro mucho, porque no hay en mi casa más que un pedazo de pan, me encuentro en la última miseria.
-Aún traigo ahí parte de la merienda, cómasela usted.
-No, hijo, yo no tengo gana, sólo sentía eso por ti.
-Pero dígame usted, tía Ramona, continuó Pedro en ademán melancólico y agobiado por una suprema preocupación ¿qué sucede a Fernanda y su madre, que me han recibido de esa manera?
Acordándose entonces la tía Ramona, no de los insultos que aquellas dos mujeres le habían dirigido a élla aún aquella misma tarde, sino de lo mucho que habían hecho sufrir a la hija de sus entrañas, a la pobre María, se propuso sacar todo el partido posible de tan feliz casualidad, y con cierto misterio le contestó:
-Pedro, no sé, sólo te diré que el otro día pasó por aquí una compañía de tropa, que alojaron en su casa dos soldados andaluces, cenaron todos juntos muy de broma...
-¿Éllas cenaron con los soldados?
-No sólo cenaron, sino que la mañana siguiente convidaron a cuatro más.
-¿A cuatro soldados? Gritó Pedro sorprendido.
-No es estraño que te sorprendas tú, porque todo el pueblo se ha sorprendido también.
-¿Que ha de hacer sino sorprenderse el que conozca las libertinas costumbres de los soldados?
-Almorzaron en una mesa los seis militares, Fernanda y su madre, todos muy de algazara, y desde que aquellos militares se fueron, están hechas unas furias, en términos que nadie puede sufrirlas.
-Quedarían tal vez comprometidas con alguno, y usted no me lo querrá decir por no darme un mal rato.
-No, Pedro, otra cosa debió ser, porque la madre y la hija están continuamente maldiciendo a gritos de los militares.
-¿Pues que les ha sucedido con ellos?
-Eso es lo que yo no sé, mas todo el pueblo habla de una cierta desgracia, todo el pueblo dice en público que han quedado burladas...
-¿Es posible? ¡Dios mio! Exclamó Pedro, ya me lo temía yo. Y escondió la frente entre las manos. No quiero ver más a Fernanda.
-Mira Pedro, prosiguió la tía Ramona, no vayas ahora a tomarlo por lo malo, que yo por mi parte nada sé, lo que te he dicho es lo que dicen todos los vecinos de Nieva, y hasta de los pueblos comarcanos.
-Lo creo, contestó Pedro levantando la cabeza, el pecado que tienen, no les ha permitido recibirme en su casa, y para excusarse, me dirigieron tales improperios. No hablemos más de eso, tía Ramona, digame usted, ¿cómo está María?
-¡Pobre hija de mi alma! ¡como ha de estar! Exclamó la tía Ramona enjugando un golpe de lágrimas que afluyó a sus ojos al oír en boca de Pedro el nombre de su hija.
-¿Le ha sucedido algo?
-¿Que más puede sucederle?
-¿Pues qué le ha sucedido?
-Que Fernanda, que sin saber por qué, no puede verla delante de sus ojos, no ha parado hasta que la ha alejado de su madre, ya que no ha podido enviarla a pedir limosna como deseaba.
-¿Pues qué ha hecho? Dijo Pedro sorprendido.

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9

-Desde que tú marchaste, todos los días estaba aguijoneando a tu buen padre (que en paz descanse), para que la despachara de tu casa, pero tu padre, que ya sabes que nos quería mucho, nunca consintió en ello, murió tu padre, y el mismo día en que la tía Isabel se encargó de la administración de tus bienes, lo primerito que hizo, mientras a los demás pobres de la aldea repartían limosnas, fue despedir a mi María, a mi pobre María, llorando de pena al separarse de mi, se fue a buscar un pedazo de pan por estos mundos, y gracias a Dios, la admitieron de zagala en Calderuela.
-¡Eso hizo Fernanda!... exclamó Pedro atónito.
-Eso hizo.
-Pues sepa usted, tía Ramona, que en la carta que yo le escribí después de muerto mi padre (que en paz descanse) encargaba más de una vez a la misma Fernanda, que nada faltara a usted ni a María, porque tenga usted entendido que mi padre me escribió, que jamás abandonara a ustedes, porque cuando se dió la última batalla en que me hallé, encontró a María rezando por mi en la Virgen de la Pradera, y esa acción nunca se me ha olvidado, ni nunca se me olvidará.
-Pues Fernanda ha hecho todo lo posible por vernos pedir limosna o morir de hambre.
-Me alegro, exclamó Pedro, encendido como la grana, de ese modo pagaré yo ahora mejor a María todo lo que le debo.
-Tú no le debes nada, dijo la tía Ramona.
-Le debo mucho, porque le debo afecto.
-Eso sí, pero, ¿cómo podrías pagar a la infeliz su afecto?
-Casándome con élla.
-Tú con mi pobre María... gritó la tía Ramona.
-Yo con María, si señora: ¿estará tan hermosa como siempre?
-Hermosa... sí, contestó la tía Ramona llorando de gozo, no hay en el campo una flor más bella que mi María, ni entre los ángeles una alma más pura que la suya, pero es tan pobre...
-¿Que importa eso? Yo soy el más rico de la aldea, yo tengo para los dos, para los tres, en el servicio de la reina aprende uno cosas que no pueden aprenderse en este miserable pueblo, y al volver a él se ven las cosas y las personas de otro modo que se veían antes de salir del rincón de la cocina.
-Pero no quisiera yo, que por el cariño que hacia élla te ha nacido en este instante, o por el odio que hoy profesas a Fernanda, vayas mañana a ser desgraciado.
-No crea usted tía Ramona, que ese cariño me ha nacido en este instante, no, hace muchos años, iba yo una mañana de caza y me encontré a María sentada en las gradas de la Virgen de la Pradera, yo le dí un pedazo de pan y una pierna de cecina de liebre, y al darme élla las gracias me miró de una manera tal, que muchas veces sin querer y sin saber por qué, pensaba en aquella mirada, marché al ejército, y cuando mi padre me escribió encargandome que no la abandonara, que la había encontrado haciendo oración por mi, no se lo que experimentó mi alma, desde entonces siento cierta cosa por élla, muchas veces me ha ocurrido desde entonces ponerme a pensar en Fernanda, y créalo usted, tía Ramona, acababa por pensar en María.
-Pero tú venías a casarte con Fernanda.
-Es cierto, obedeciendo una costumbre de toda mi vida, pero me alegro más, mucho más, de casarme con María.
-Pues bien Pedro, sabe tú también, que aunque nadie a conocido nada, mi pobre hija está ciegamente enamorada de ti.
-¿De mi? Gritó Pedro como loco de placer.
-De ti, y la infeliz pasa días y días llorando en el campo, y después viene a llorar en el regazo de su madre, y su madre se acaba de pena al ver sufrir a su hija sin poder consolarla.
-Pues ya no se acabará de pena su madre, porque podrá consolar a su hija, mañana mismo iremos a buscarla, y que para cumplir mejor el encargo de mi padre, he resuelto casarme con élla.
-Una cosa he pensado, dijo la tía Ramona.
-¿El que? Preguntó Pedro.
-Que si se sabe vuestra boda en el pueblo antes de llevarse a cabo, van a armar un escándalo Fernanda y su madre, por lo tanto, me parece lo mejor que antes de amanecer marchemos los dos a Calderuela y no volvamos aquí hasta que seáis esposos.
-Perfectamente, y para hacerlo pronto yo iré por un breve, que traigo dinero bastante para ello.
En gratos coloquios análogos a estos, pasaron la tía Ramona y Pedro las altas horas de la noche, aguardando el momento de tomar el camino, y el lector comprenderá, qué cúmulo de delicias experimentaría en tan maravillosa situación aquella mujer insultada poco antes, aquella madre poco antes ofendida.

Aún continuaban las tinieblas de la noche cubriendo la naturaleza, cuando se abrió con mucho tiento la puerta de la tía Ramona, y por élla salieron ésta y Pedro, los cuales entornándola sigilosamente tomaron el camino de Calderuela.
Tan pronto como llegó el día, se levantaron la tía Isabel y Fernanda, y reuniendo en la cocina a sus amigas, entre las cuales estaban la tía Juana y la tía Petra, les hicieron saber que otro soldado había llamado aquella noche en su casa con intención también de engañarlas, pero que ya no eran tan inocentes como antes, que ya habían aprendido a tratar a esos bribones como se merecen, y por lo tanto que le habían dado con la puerta en los hocicos. Con esta noticia, acudieron casi todas las vecinas a felicitar a su manera a la tía Isabel, a celebrar entre risas el chasco que habían dado al soldado, y animadas todas a medida que hablaban, con el fuego de la conversación, cada cual lanzaba un nuevo improperio contra aquel nuevo Paquiyo.
-Hija, hija, decía una vieja, han quedado los malditos aficionados a tus chorizos.
-Y a tus morcillas, añadió otra.
-Sí, para ellos se han hecho, contestaba Fernanda riéndose con aire de triunfo.
-¿Y dónde está ese soldado? Preguntó una vecina.
-Nadie lo ha visto en el pueblo, respondió la primera vieja que había hablado.
-Así que se ha convencido de que en mi casa no se admiten ya pillos, engañadores, se habrá marchado a otra parte, contestó la tía Isabel.
En esto se presentó en la cocina otra aldeana diciendo:
-Ave-María purísima.
-Sin pecado concebida, respondieron todas a una voz.
-Muchachas, dijo luego en tono menos grave ¿sabéis lo que sucede?
-¿Que sucede? Preguntaron varias.
-Que la puerta de la tía Ramona está abierta, y a élla no se la encuentra por ninguna parte.
-¡Pobre mujer! Exclamó una de las circunstantes, se habrá ido a pedir limosna.
-¡Bribona! Gritó la tía Isabel con acento de harpía, ahora caigo en lo que ha ocurrido esta noche.
-¿Que ha ocurrido madre? Preguntó Fernanda con acento melindroso.
-Que el soldado que pretendía robarnos nuestro arreglo de casa, y los otros bribones que ya nos robaron, todos son enviados por la tía Ramona, por esa maldita mujer, que no puede vernos a mi hija ni a mi, y como esta noche el chasqueado a sido el soldado, temiendo la burla que hoy se haría a los dos, los dos han marchado del pueblo.
-¡Puede, muchacha!... exclamaron las dos aldeanas con marcada sorpresa.
-Jesús María y José ¡qué maldad! Murmuraron otras santiguándose con admiración.
-No me lo quiero creer, dijo Fernanda, que ya se han quitado la madre y la hija de delante de mi casa.
De esta manera continuaron aquellas mujeres en una conversación cada vez más punzante y animada.
Venciendo las escabrosidades del terreno y el frío y las tinieblas de la noche, llegaron a Calderuela Pedro y la infeliz tía Ramona, cuando los primeros destellos de la aurora se pintaban en el horizonte. Tan luego como las puertas de la aldea fueron poco a poco abriéndose, se dirigieron ellos a casa de los amos de María, que eran unos labradores honrados, preguntaron por la zagala y les contestaron que se hallaba en el monte con el rebaño de ovejas. Pedro y la tía Ramona abandonaron la aldea y marcharon al campo. No bien habían subido la mitad de la sierra, que a Nieva separa de Calderuela, descubrieron un pequeño rebaño de ovejas, dirigido por un pobre muchacho cubierto de harapos.
-Chico, le preguntó la tía Ramona, ¿sabes donde se halla el rebaño que guarda María?
-Éste es, contestó el muchacho.
-¿Pues donde está élla? Repuso su madre.
-En la Virgen de la Pradera, contestó el chico, de vez en cuando me pide que le cuide el rebaño, para subirse élla a hacer oración un rato en la ermita.
La tía Ramona y Pedro se despidieron de aquel pastorcillo y comenzaron su áspera marcha. Cuando llegaron a la cumbre del monte se ofreció a su vista la pradera y la ermita, que hacía tres años no había visto Pedro. El sol apareció entonces en el horizonte y alumbró con un rayo de oro aquel bello panorama. Pedro entonces se quitó el sombrero y rezó una salve a la Virgen.
Luego le dijo la tía Ramona:
-Espera tu aquí, que yo voy a preparar a mi hija.
Pedro se sentó junto a una gran mata de sabina, y la tía Ramona se encaminó hacia la ermita, Pedro escuchó a lo lejos un cencerro, miró hacia donde sentía el sonido y descubrió su rebaño y su mastín. La vista de aquel rebaño conmovió su alma, porque aquel rebaño le recordaba a su padre, porque aquel rebaño lo había guiado muchos años María, y ahora no vivía ya su padre, y ahora guiaba el rebaño otra zagala.
Cuando la tía Ramona llegó a la ermita, se acercó con tiento a la puerta, miró con cuidado y distinguió a su hija arrodillada en las gradas del altar, con los brazos cruzados y la frente inclinada al suelo, cual pudorosa estatua de mármol, que el fervor cristiano plantara allí para enseñarnos a orar. Su madre se retiró un poco de la puerta y aguardó que saliera. Transcurrieron algunos momentos, pasados los cuales se levantó María se dirigió a la puerta, y cuando hubo estado fuera la entornó tan herméticamente, que parecía cerrada con llave, fue enseguida a dar la vuelta a la ermita para buscar el rebaño, pero se encontró frente a frente con su madre.
-¡Madre de mi alma! Gritó abrazándola, ¿donde va usted por aquí?
-A buscarte, hija mía, contestó la madre.
-Ya han conseguido la tía Isabel y su hija, que vaya usted a pedir limosna.
-No por cierto, gracias a Dios, vengo a traerte una buena noticia.
-¿A mi una buena noticia? Exclamó María en ademán de parecerle imposible.
-Si, hija mia a tí, que tarde o temprano se acuerda Dios de los que sufren con paciencia, ven, sentémonos en las gradas de la ermita y me oirás un rato.
-¡Ay madre de mi alma! Tengo que ir a buscar el rebaño, ¡es ya tarde!
-Deja el rebaño y ven a escuchar a tu madre.
Madre e hija se sentaron juntas en la primera de las tres gradas de ladrillo, que había que subir para entrar en la ermita, el sol les daba en la frente, los pájaros cantaban en el aire, y de la tierra brotaba ese sublime aroma, que sólo se percibe en los valles y en los montes, y sólo al despuntar el día.
-Tu has orado mucho en la Virgen de la Pradera ¿no es cierto? Preguntó a María su madre.
-Cierto es madre, respondió María, todos los días oro por usted, y por usted pongo en su altar las flores más hermosas de los prados, y cuando en los prados no hay flores, las yerbas y las matas más verdes de los montes, pero madre, ¿por qué viene usted aquí hoy a hacerme esa preguntas?
-Dime María, ¿y sólo por mi has orado ante la Virgen?
María inclinó la frente al suelo y guardó silencio.
-No calles, prosiguió su madre, porque si tú callas, se lo preguntaré a la Virgen, que nos está oyendo, y acaso la Virgen diga a esta pecadora, lo que tu no quieres decir a tu madre.
-Nunca he callado yo nada a mi madre, bien lo sabe usted, pero me pregunta usted esta mañana unas cosas...
-Dejate de admiraciones, hija mía, y contéstame, ¿has orado ante esa Santísima imagen por algún otro, que por tu madre?
-Si señora, respondió María poniéndose más encarnada que las nubes de púrpura que festoneaban en el horizonte.
-¿Por quién?
-Por Pedro.
-Ya lo suponía yo, ¿le amas mucho?

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10

-Ya se lo dije a usted, madre, tanto como a usted, más que a mi vida.
-Pues hija de mi alma, alégrate, porque la Virgen Santísima a escuchado desde el cielo las plegarias que le has dirigido arrodillada ante ese altar.
-¿Qué quiere decirme usted con eso?
-Que Pedro te ama.
-A mi... a una pobre zagala que ha sido criada en su casa... no lo crea usted madre.
-Hija mía, creelo tú porque lo se muy bien.
-¿Quién se lo ha dicho a usted?
-Él mismo, que me lo ha escrito.
-!Ay madre de mi vida! Dios quiera que esa carta no sea alguna nueva trama inventada por Fernanda para burlarse de nosotras.
-No puede ser trama inventada por Fernanda, porque cara a cara me lo ha dicho a mi el mismo Pedro.
-!Pedro a usted!... exclamó María palideciendo de repente y sin dar crédito a lo que escuchaban sus oidos.
-Sí, Pedro a mi.
-¿Pues dónde está Pedro? Preguntó la joven convulsa.
-¿Para qué te lo he de ocultar más tiempo? Aguardándote al doblar el monte.
-!Dios mio! Exclamó María levantando los ojos al cielo y dejando caer los brazos con languided y sin atreverse a echar andar. ¿Pues no estaba en el ejercito?
-Sí, pero ahora está allí, contestó su madre sonriendo, vamos a que lo veas, que más despacio le contaremos todo lo ocurrido
María, pálida, lánguida, pero dulce, fascinadora como el jazmín, como la azucena, que doblegan su blanca corola ante los besos del rocío de mayo, caminaba por la pradera apoyada en su madre, sin saber lo que le sucedía, sin creer lo que iba a sucederle. Jamás mujer alguna a recibido sorpresa más grande ni más agradable, que la que aquella mañana recibió María. Por fin se encontraron con Pedro, y loco de contento aquel joven, estrechó las manos de María. María inclinó la frente al suelo y brotaron de sus ojos dos lagrimas como dos trasparentes perlas.
-¿Ya te habrá enterado de todo tu madre? Le dijo Pedro mirándola con cariño.
-Me ha enterado de lo principal... Contestó María.
-Pues bien, sentémonos aquí y vamos a trazar nuestro plan de batalla.
Los tres se sentaron entre unas verdes matas, y lo que Pedro dispuso fue lo siguiente: Que el marcharía aquella misma mañana por el breve, que para no infundir sospechas continuara María hasta su vuelta cuidando el rebaño, que con élla se estuviera su madre, y que el mismo día que él regresara con el breve, llamarían bajo cualquier pretexto a tres de sus amigos de Nieva, y enseguida se casarían en Calderuela, para ir a Nieva casados. Más tranquila María que al principio pidió un favor a Pedro, el cual lo otorgó éste con efusión de cariño, y fue, que en lugar de casarse en Calderuela, subiera el cura de Nieva a casarlos en la ermita de la Virgen de la Pradera.

Una mañana de febrero se hallaban junto a la ermita de la Pradera, al brillar el sol en el horizonte, el anciano cura de Nieva, dos ancianos labradores, muy amigos del difunto tío Telesforo y un joven pastor, amigo de Pedro, antes de que éste marchara a la guerra. Se encontraban aquellas cuatro personas allí, porque la noche anterior había recibido el cura de Nieva, una carta del de Calderuela, suplicándole que subiese al brillar la aurora del día siguiente, Discurriendo continuaban los cuatro, y haciendo comentarios cada cual a su modo, sobre el objeto misterioso en verdad, para que les había reunido allí el cura de Calderuela, cuando vieron entrar en la pradera por el lado opuesto al que ellos habían entrado, una alegre caravana compuesta del cura de Calderuela, su sacristán, María, su madre, los amos de María, y detrás un criado guiando un burro, cargado de sartenes, pucheros, comestibles, y otras cosas necesarias para celebrar un gran día de campo. Al descubrir esta caravana el cura de Nieva y sus compañeros, corrieron a élla, mas cual fue su sorpresa al encontrarse de buenas a primeras con Pedro, a quien suponían en las filas de la reina a gran distancia de su país. Unos y otros se saludaron afectuosa mente, los ancianos labradores y el joven pastor abrazaron a Pedro con delirio, pero estos y el cura de Nieva se quedaron inmóviles de sorpresa, al escuchar de boca del cura de Calderuela, que todo aquel aparato tenía por objeto celebrar las bodas de Pedro y María.
Por fin concluyeron los saludos, las preguntas, las admiraciones, y llegó el momento apetecido.
Las mujeres se cubrieron las cabezas con mantillas de estameña negra, forradas de tela encarnada, los hombres se quitaron los sombreros o monteras, y unos y otros penetraron en la ermita. Entonces el criado, que había subido el burro del ramal, lo desaparejo, lo puso en la pradera a que comiera yerba, y buscando el un carasol, encendió una hoguera y comenzó a preparar la comida o el rancho
según el le llamaba.
Dejemos a este mozo con sus sartenes y su lumbre y entremos nosotros también en la ermita.
En las gradas del altar se encuentran de pie y asidos de las manos Pedro y María, Pedro gallardo y satisfecho, María hermosa, hermosisima, pero tímida como el lirio, como la violeta, que muchas veces ha cortado élla misma del arroyo para colocar en aquel mismo altar de la Virgen.
Frente a ellos están el sacerdote y el sacristán, con las vestiduras sagradas, detrás de ellos, también de pie, el cura de Calderuela y los dos ancianos labradores, amigos del difunto tío Telesforo, los restantes todos de rodillas, todos con ardiente fervor, con profundo silencio todos. El sacerdote da fin a los ritos que nuestra iglesia prescribe para recibir el sacramento del matrimonio, y aquellos dos jóvenes han pronunciado con segura voz el si, que los une ante Dios eternamente, pero que llena sus almas de eterna felicidad. Enseguida los jóvenes esposos se arrodillaron donde mismo se hallaban, y oyeron con gran devoción la misa que celebró el sacerdote que los había casado, el anciano cura de Nieva. Durante estas ceremonias, la pobre madre de María, de rodillas en un rincón de la ermita, y con el rostro casi pegado al suelo, lloraba de júbilo y de lo intimo de su corazón daba gracias a la Virgen Santisima, por los inmensos beneficios con que la colmaba aquella mañana.
De rodillas María junto a su esposo daba gracias a aquella imagen a quien tantas veces había suplicado, y derramaba lagrimas de placer en las mismas gradas en las que tantas lagrimas de dolor había vertido. También Pedro, profundamente enamorado ya de su esposa, daba gracias a la Virgen por haber dispuesto los sucesos de modo que impensadamente, se apartara de Fernanda y se uniera con María, y los testigos y los circunstantes todos, todos pedían a la Virgen de la Pradera que colmara de beneficios a los dos jóvenes desposados.
Terminada la misa, buscó María a su madre, y madre e hija se confundieron en un estrecho abrazo, y por algunos momentos mezclaron ambas las copiosas lagrimas que se desprendían de sus ojos.
Luego, todos salieron fuera de la ermita, y al pisar las gradas Pedro y María, que iban juntos, dijo a María Pedro:
-Aquí me enamoré de ti una mañana que te di pan y cecina.
-Desde aquella mañana te adoro.,, contestó María... y los dos se miraron, y se sonrieron los dos, con una sonrisa más pura que lo albores de la aurora.
Entonces quiso la suerte que entrara en la pradera el rebaño de Pedro, y María se estremeció de gozo al pensar que era suyo aquel rebaño, con el cual había pasado su juventud, y del que le había sido tan amargo separarse. Pedro llamó al mastín, y reconociendo desde luego aquel inteligente animal a sus amos, fue corriendo y se deshizo en caricias con Pedro y con María.
Todo era felicidades aquella mañana para los dos esposos, y como si la naturaleza quisiera contribuir por su parte a ventura tanta, calmó el frío, nubes de tul se mecían en la atmósfera sin impedir que los rayos de sol llegaran a la tierra, mil pájaros cantaban en el aire y en el monte, y la fuente murmuraba con suave melodía al esparcir sus aguas en cristalino arroyo por la pradera.
Pasó aquella feliz mañana, porque todo pasa en este mundo, y después de comer marchó el joven pastor amigo de Pedro, a decir en Nieva lo que había ocurrido aquel día en la ermita, pero los aldeanos no lo creyeron, y Fernanda y su madre se echaron a reír con burlas, sin embargo unos y otros tuvieron que creerlo, cuando por la tarde se presentó en casa de la tía Isabel la tía Ramona, acompañada del anciano cura de Nieva y de uno de los labradores que habían asistido a la boda con el objeto de reclamarle las cuentas del tiempo que había administrado la hacienda de Pedro.
El lector, que ya conoce el carácter de Fernanda y su madre, el odio que ambas profesaban a María y a la tía Ramona, y las otras mil circunstancias que mediaban entre ambas familias, comprenderá el golpe que recibirían aquellas dos mujeres al saber que María se había casado con Pedro, y al ver que la tía Ramona se presentaba ante éllas revestida de toda autoridad a pedirles las cuentas.
Baste decir que la tía Ramona, el cura y el labrador tuvieron que retirarse sin hacer nada, porque a Fernanda y su madre acometió un acceso de frenesí.

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11

Tan violento, que dejó largo rato a las dos mujeres sin poder hablar. Por lo demás, así que los aldeanos tuvieron noticia de la llegada de Pedro y de su matrimonio con María, se armaron con guitarras y panderetas, y salieron al campo a recibirlos. Con efecto, cuando la noche comenzaba a tender sus sombras por los montes y los llanos, entraron en la aldea los jóvenes esposos, acompañados de casi todo el vecindario que les rodeaba cantando al son de las guitarras, de las zampoñas y de las panderetas. Pedro, María, la madre de María y los amigos más íntimos de Pedro, penetraron al fin en casa de éste, y Pedro mandó que al día siguiente se diera por cuenta suya pan, queso y vino a todos sus paisanos.
Preguntando a Pedro uno de sus amigos como se había verificado su milagrosa boda, respondió con aire de socarronería.
-Nada más sencillo, yo vine del servicio a casarme con Fernanda, según le tenía ofrecido, llamé a su puerta y no me abrió, la tía Ramona ma abrió la suya sin llamar a élla, justo era que me casara con María.
-Luego eras tú, replicó el mismo, el soldado que llamó cierta noche en la puerta de la tía Isabel.
-Yo era, respondió Pedro.
-Que chasco para Fernanda! Exclamaron varios.
Mientras en casa de Pedro se deslizaba para los tiernos esposos, su familia y sus amigos una noche completamente feliz, tristes escenas de desesperación y de horror tenían lugar en la cocina de Fernanda. En un rincón se encontraba tirada en el suelo la tía Isabel, en el otro también tirada en el suelo y desgreñada Fernanda, y sólo les hacían compañía el pastor Lorenzo, criado de la casa, según ya indicamos, y la tía Petra, una de aquellas dos mujeres que fueron a enterarlas de la burla que de éllas habían hecho los militares. Como ya la primera persona del pueblo era María, éllas se veían abandonadas de tantas amigas como en otro tiempo las habían rodeado. En uno de los instantes en que el llanto dejó descansar a la tía Isabel y a Fernanda, gritó la tía Isabel:
-Ya te lo pronostiqué yo, Fernanda, todo esto te proviene de haberte quitado del pecho el escapulario que te entregó Pedro al separarse de ti para ir a la guerra.
-No lo creas, Isabel, dijo la tía Petra, esto le proviene de haber tirado contra el suelo y haber pisado la medalla de la Santísima Virgen que le regaló el soldado gallego.
-Malditos soldados! Gritó la tía Isabel, y comenzó de nuevo a arrancarse los cabellos a puñados, pero Fernanda se sintió de repente atacada por una convulsión tan fuerte, que olvidándolo todo, tuvieron que acudir a élla y acostarla, pues según los sintomas que ofrecía, se encontraba en gran peligro su vida.

CONCLUSION

La noticia de que Pedro había sido el soldado que llamó en casa de la tía Isabel cuando ésta no quiso abrir la puerta, circuló por la aldea, y éste fue el sentir de todos el mayor chasco que madre e hija habían recibido y podían recibir en su visita. Por fin, después de algunos días, entregó la tía Isabel a Pedro delante del cura y de los dos ancianos labradores las cuentas de lo que las haciendas de aquel joven habían devengado mientras élla las administró, y aunque durante este acto se presentó la tía Isabel con mucha serenidad, el color bilioso de su rostro y el brillo cristalino de sus ojos, manifestaban bien a las claras el veneno que su alma altiva y rencorosa consumía en silencio.
Todo el pueblo esperaba, que como Fernanda había hecho sufrir tanto a María cuando María era pobre, se vengase ahora ésta de Fernanda, pero sucedió todo lo contrario. Aunque siempre cuidando ganados María, aunque sin educación de ningún género, era deudora al cielo de un alma grande, de un alma tan bella, como bellas eran las formas de su cuerpo, como hermoso era su rostrro, como simpática era su mirada.
Cuando pasaba al lado de Fernanda, no la saludaba, porque aquella, poniendose pálida o encarnada, volvía la cara al otro lado, pero no como antes movida por el orgullo, sino abatida por la vergüenza.
La buena posición que adquirió María, la noble conducta que observaba con sus amigas, y la caridad que ejercía con los pobres, la granjearon en tales términos la estimación del pueblo, que algunas mujeres llegaron a bendecirla cuando la veían cruzar la calle, bien sola, bien con su madre o con su esposo, y como consecuencia necesaria de esta inclinación a María, acabaron por aborrecer y maldecir a Fernanda y a la tía Isabel.
Sin embargo, no habían pasado dos meses después de la boda de nuestros jóvenes, cuando Fernanda se casó con un carretero de un pueblo inmediato, a cuyo pueblo se fue a vivir con su madre, porque en Nieva llegaron a verse solas y de todos despreciadas, y se murmuraba poco después, que ya fuera porque el carretero estaba acostumbrado a dar latigazos a las mulas de su carro, o ya porque Fernanda los mereciera, por su carácter altivo y caprichoso, de vez en cuando descargaba también alguno sobre élla.
Mientras tanto, María disfrutaba con su madre y con su esposo una felicidad completa, todos los días subía a orar un rato en la ermita de la Virgen de la Pradera, a quien, según élla aseguraba con sincera fe, debía su ventura. Después cumplía evangélicamente con las obligaciones de esposa y de hija, y no trascurrió mucho tiempo sin que en su aldea y en las aldeas vecinas se la citara como modelo de virtud. En una palabra, si María había sido sufrida y resignada en la desgracia, era dulce, caritativa, noble y modesta en la prosperidad.
He aquí probado, hermosas lectoras, lo que os dije al principio de esta historia, que la Virgen Santísima protege desde el cielo el amor de las doncellas, cuando el amor es puro y puras las doncellas.

M. Ibo Alfaro.